A través de su secretario general, Jens Stoltenberg, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) anunció que los países que conforman la mayor alianza militar del planeta podrían bombardear nuevamente Afganistán, con el fin de impedir que grupos terroristas se asienten nuevamente en el país, reseña RT.

En rueda de prensa desde Bruselas, Stoltenberg precisó que tales ataques se harían a distancia, con lo que quedaría descartada una intervención militar, al menos de momento.

Las declaraciones se suceden a la toma de Kabul, la capital afgana, por parte del talibán el pasado 15 de agosto y a la huida del presidente Ashraf Ghani, tras lo cual miles de ciudadanos han intentado escapar por cualquier medio disponible del régimen fundamentalista islámico, que fue atacado y depuesto por las fuerzas de la OTAN hace casi dos décadas, pero que nunca dejó de disputar el poder a los invasores y al gobierno pro-occidental que le sucedió.

A modo de advertencia, el funcionario señaló que «quienes ahora toman el poder tienen la responsabilidad de garantizar que los terroristas internacionales no recuperen un punto de apoyo».

Empero, descargó cualquier responsabilidad de la alianza atlántica en el desenlace de la guerra y, en su lugar, apuntó directamente a la dirigencia política del país centroasiático, a la que acusó de no haberse enfrentado adecuadamente contra los talibanes ni alcanzar la solución pacífica a la que aspiraba «desesperadamente» la población.

Resucita el fantasma del terrorismo

Desde el punto de vista del secretario general de la OTAN, con la vuelta al poder de los talibanes, el así llamado «terrorismo internacional» deviene nuevamente en amenaza, razón por la cual la alianza «debe estar alerta para mantenerse a la vanguardia de la lucha» contra quienes lo practiquen.

En todo caso, Stoltenberg ha demandado a los líderes talibanes que faciliten la salida del país de todos cuantos quieran marcharse y a ese respecto indicó que la OTAN acordó «enviar aviones de evacuación adicionales a Kabul», si bien omitió cualquier detalle relativo a la operación.

Otra de sus exigencias fue el respeto a los derechos humanos, particularmente los de las mujeres, a quienes afecta de manera especial la ortodoxa interpretación del islam que impone el grupo fundamentalista en los territorios que controla.

«Los aliados tomaron ese riesgo [de la retirada], porque sabían que la alternativa era no continuar con una presencia militar limitada, la alternativa más probable era continuar con una mayor presencia de tropas de la OTAN y volver a entrar en combate», aseguró durante su relato.

Una intervención fallida

En el criterio de Stoltenberg, el pueblo afgano sufre los efectos de una frustración derivada de 20 años de guerra que condujeron al mismo punto de partida: los talibanes en el gobierno.

«La frustración es fácil de entender cuando vemos que tantos años de esfuerzos de toda la comunidad internacional no han dado mejores y más sólidos resultados en lo que respecta a las estructuras estatales afganas», dijo al respecto.

Adicionalmente, para salvaguardar la responsabilidad de los Estados miembros de la Alianza Atlántica en los sucesos, subrayó que su objetivo «en Afganistán era ayudar a construir un estado viable, no mantener una presencia permanente allí», sintetiza RT, de manera tal que el colapso del gobierno de Ghani frente a los talibanes puede calificarse como una «tragedia».

Sin embargo, el resultado no es tan sorprendente, si se considera que tras el inicio del retiro de los contingentes militares internacionales encabezados por Estados Unidos el pasado abril, el grupo fundamentalista fue acaparando cada vez más terreno.

(LaIguana.TV)

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