Este es un fin de semana en el que la frase “¡Chávez vive, la lucha sigue!” trasciende su rol de consigna doméstica y adquiere una dimensión que puede catalogarse de universal. En México, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) se ubica de nuevo en el primer plano de la geopolítica continental, como lo estuvo cuando su principal impulsor, el comandante Hugo Chávez estaba presente físicamente y su liderazgo político se encontraba en un momento de máxima efervescencia. 

Independientemente de hasta dónde puedan avanzar en este encuentro los factores progresistas de América Latina y el Caribe, el reimpulso de la Celac es una demostración contundente de que el rumbo que trazaron Chávez y los otros gobernantes de izquierda de la primera década del siglo era el correcto: crear un mecanismo de integración que no sea un mero instrumento de Estados Unidos para ejercer su condición imperial, como lo ha sido la Organización de Estados Americanos desde su fundación en 1948, y especialmente, en estos últimos años, convertida en un bastión de las fuerzas más reaccionarias de la política hemisférica. 

Este reimpulso de 2021 es mérito de dos presidentes latinoamericanos que se encuentran en medio de sus respectivos períodos: el anfitrión mexicano, Andrés Manuel López Obrador, y el argentino Alberto Fernández. Nadie conseguirá quitarles esa distinción que podría llegar a ser histórica. Sin embargo, a la hora de la reconstrucción del proceso completo, la figura de Chávez se agigantará más allá de mezquindades y recelos. 

La idea original de un organismo diplomático de alcance subcontinental, al margen de EE.UU. y Canadá, fue literalmente “parida” por Chávez.  

El parto aconteció en un momento estelar de la izquierda latinoamericana, pero la concepción y la gestación de esa y otras criaturas de la nueva emancipación de la región se dio en un tiempo en el que solo pensar ese tipo de ideas era una herejía castigada severamente por unos inquisidores ideológicos que reinaban entonces en un mundo unipolar.  

No debe olvidarse que hace poco más de 20 años, en abril de 2001, Chávez fue el único de 31 jefes de Estado y de Gobierno que se pronunció en contra del concepto de democracia que se acordó en la III Cumbre del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), en Quebec, Canadá, en lo que se perfilaba como un proceso indetenible de consolidación de la superpotencia del norte como metrópoli neocolonial de su “patio trasero”. 

La objeción de Venezuela fue entonces política, referida a los párrafos 1 y 6 de la Declaración de Quebec, pero el acto de oponerse marcó una pauta fundamental. “A juicio de nuestro Gobierno la democracia debe ser entendida en su sentido más amplio y no únicamente en su carácter representativo –dijo la delegación venezolana-. Entendemos que el ejercicio democrático abarca además la participación de los ciudadanos en la toma de decisiones y en la gestión de gobierno, con miras a la construcción diaria de un proceso dirigido al desarrollo integral de la sociedad. Por ello, el Gobierno de Venezuela hubiese preferido, y así se solicitó en esta Cumbre, que en el texto de la Declaración quedase reflejado expresamente el carácter participativo de la democracia». 

Aquella solitaria oposición exigió de Chávez una enorme dosis de valentía, aunque quizá sea más preciso decir que de temeridad. Cuba estaba excluida del mecanismo de “libre comercio”, (que en realidad abordaba toda clase de temas políticos) y todavía no habían llegado al poder varios los presidentes de izquierda que luego gobernarían y apoyarían, con sus bemoles, esa clase de iniciativas: Luiz Inácio Lula Da Silva (Brasil, 2003), Néstor Kirchner (Argentina, 2003), Evo Morales (Bolivia, 2006), Rafael Correa (Ecuador, 2007), Daniel Ortega (Nicaragua, 2007) y Fernando Lugo (Paraguay, 2008). 

La postura rompedora de la unanimidad en torno a una noción política se convertiría cuatro años más tarde, en Mar del Plata, Argentina, en una rebelión abierta, esta vez contra la propuesta misma del ALCA.  

Ahora sí con el apoyo de dos gigantes suramericanos, el Brasil de Lula y la Argentina de Kirchner, Chávez se consolidó como el gran detractor del ALCA. Quedó registrada para la historia, su frase “¡Alca, alca, al carajo!”, con la que se hizo la voz de la cumbre alternativa de los pueblos. El cañonazo fue esta vez directo a la línea de flotación del proyecto que EE.UU. se empeñaba en imponer desde 1994. 

Alternativas a la OEA

Chávez siempre tuvo claro que era imprescindible poner en marcha órganos de integración alternativos a la OEA, pues la función de esta distaba mucho de los objetivos democráticos y respetuosos de la soberanía nacional plasmados en sus estatutos.  

Además, era claro que EE.UU. estaba dando pasos para hacer aún más sumisa a la OEA a sus intereses de imperio. La mejor demostración de ello es la Carta Democrática Interamericana, aprobada –de manera muy significativa- el 11 de septiembre de 2001, el mismo día de los atentados de Nueva York, en la que se le impone al continente entero el modelo de democracia liberal al gusto de EE.UU. y se establecen mecanismos de abierta injerencia para quienes no entraran por ese aro. 

La Carta Democrática Interamericana supuestamente serviría para reaccionar ante regímenes de fuerza, pero la OEA no hizo ningún esfuerzo por aplicarla siete meses más tarde, el 12 de abril de 2002, cuando en Venezuela se había instaurado un gobierno de facto encabezado por el empresario Pedro Carmona Estanga. Desde ese momento temprano fue evidente el sesgo político que tendría la famosa carta.  

Chávez, en su empeño de organizar opciones latinoamericanas y descoloniales propuso la Alternativa Bolivariana par a los Pueblos de Nuestra América (ALBA), y luego la Unión de Naciones Suramericanas. Pero la propuesta más integral, destinada a abarcar a todo el continente, con excepción de EE.UU. y Canadá, fue la Celac. 

Además de esos organismos marco, no dejó nunca de impulsar ideas de unión, como los proyectos comunicacionales Telesur y Radio del Sur; la alianza energética Petrocaribe; el Banco del Sur y la utopía de una moneda común, el sucre. 

La muerte de Chávez

Desdichadamente, la mejor demostración de que Chávez era el gran motor de la unión latinoamericana-caribeña no sometida a los dictámenes de EE.UU. fue que tras su fallecimiento, todos los proyectos comenzaron a perder potencia y varios de ellos sucumbieron ante los feroces ataques de nuevos gobiernos de derecha en países clave de la región. 

La diplomacia venezolana hizo todo lo que estuvo a su alcance para evitar los retrocesos, pero tuvo en su contra dos condiciones demasiado poderosas. En primer lugar, el asedio político y económico que ha sufrido el gobierno de Nicolás Maduro, que lo obligó a redimensionar proyectos y a concentrarse en la defensa de su propia estabilidad; en segundo lugar, los cambios de signo político en Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, Ecuador y, durante un año, en Bolivia, configuraron un escenario radicalmente opuesto a los logros del tiempo anterior.  

La reacción de EE.UU. y la derecha lacaya latinoamericana se dirigió a destruir todas las estructuras creadas y, de ser posible, a borrar todo vestigio de esa etapa. Uno de los símbolos más claros de esto fue la salida de Ecuador de la Unasur y la confiscación de su edificio sede en Quito por parte del presidente Lenin Moreno, una vez que consumó la traición a su predecesor y mentor, Rafael Correa. 

EE.UU. y su corte de lacayos también han tratado de crear instancias multilaterales de nuevo cuño para atacar a Venezuela, Cuba, Bolivia y Nicaragua y para avanzar en la desarticulación y neutralización de la Celac, la Unasur y el ALBA. Una de esas iniciativas ha sido la Alianza del Pacífico, que formaron México, Colombia, Perú y Chile. La otra es el Grupo de Lima, una confabulación diplomática contra Venezuela. En ambas, Washington ha sido, a las claras, el que mueve los hilos de las marionetas. 

El oscurantismo absoluto

A partir de 2017, bajo la administración Trump, con gobiernos recalcitrantes en México, Argentina, Brasil, Colombia, Perú, Ecuador y Paraguay (entre otros) y con Venezuela bajo asedio, se le quiso dar el tiro de gracia a la nueva unión continental, y en buena medida, se consiguió ese objetivo. 

Corresponde este período con el intento de la OEA de retomar el espacio que había perdido en los años anteriores, ahora de una manera desfachatada y ruin, protagonizada por el secretario general, Luis Almagro. 

Irónicamente, Almagro fue un subproducto de la etapa de dominio de las izquierdas. Canciller del gobierno progresista del uruguayo José “Pepe” Mujica, llegó al cargo con el apoyo de todas las fuerzas de avanzada de la región, incluyendo a Venezuela. Luego de una pirueta ideológica deplorable, terminaría siendo uno de los peores enemigos del gobierno de Maduro y de la soberanía latinoamericana, al punto de haber cohonestado los intentos de golpe de Estado, invasión y magnicidio en Venezuela, y actuado como coautor del derrocamiento de Evo Morales en Bolivia. 

López Obrador y Fernández: un mensaje más potable

El vergonzoso rol de Almagro en la instauración de la dictadura de Jeanine Áñez y el desaforado afán de derrocar al gobierno bolivariano de Venezuela han sido determinantes en el surgimiento de un nuevo interés por reformular la unión latinoamericana y caribeña. 

Un elemento crucial para lograr esta digna respuesta fue la actitud firme del pueblo boliviano, que resistió un año al gobierno de facto y volvió a poner en el mando al sector político que tiene la mayoría, el Movimiento al Socialismo. Con paciencia y sabiduría, Evo Morales ha logrado demostrar el complot en el que Almagro tuvo un papel protagónico.  

Los convincentes argumentos de Bolivia han dado pie a que dos figuras de la “nueva ola” de gobiernos de izquierda, López Obrador y Fernández, tomen la batuta de una movida general contra la OEA y a favor de un organismo alternativo, que no esté al servicio expreso de Washington. 

El relanzamiento de la idea original de Chávez ha sido posible, en parte, debido a que tanto López Obrador como Fernández –sobre todo este último- tienen un discurso más potable para las izquierdas moderadas e, incluso, para algunas derechas del continente que siempre han tenido reservas con las posiciones duras que tuvo Chávez, que ha tenido Maduro y que caracterizan también a Cristina Kirchner, Evo Morales, Daniel Ortega y, por supuesto, a los dirigentes cubanos. 

México: algo se mueve

El hecho de que la reunión de la Celac se esté realizando en México es una de esas señales auspiciosas que, según los partidarios de la astrología, reflejan una configuración especial de los planetas.  

El encuentro se produce en medio del proceso de diálogo del Gobierno venezolano y sus oposiciones (plural del presidente Maduro), un evento en el que la diplomacia mexicana tiene una función trascendental, en contraposición con una OEA consagrada en cuerpo y alma a intervenir en Venezuela para imponer un gobierno de derecha. 

Venezuela está presente a través del presidente Maduro, un hombre que, como canciller de Chávez, tuvo un desempeño primordial en el desarrollo de toda la arquitectura diplomática de la Celac, Unasur, ALBA y los demás organismos y proyectos de la unión latinoamericana-caribeña. Su presencia allí está cargada de significados geopolíticos. 

Más allá de la presencia física de Maduro, de la vicepresidenta ejecutiva, Delcy Rodríguez, del canciller Félix Plascencia y del resto del equipo, la delegación venezolana tiene un jefe indiscutible, se le reconozca o no en la actual coyuntura: Hugo Chávez, quien vive cada vez que una de sus luchas sigue. 

(Clodovaldo Hernández / LaIguana.TV) 

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