Que Primero Justicia cante «yo te lo juro que yo no fui» y trate de entrar a las ruinas del «gobierno interino» para salvar algunos enseres (sobre todo, la caja fuerte) no es nada raro. Tal ha sido el comportamiento común de opositores  (tanto pirómanos como de supuestos moderados) durante más de veinte años.

La negación de responsabilidad parece ser parte del ADN opositor y es una característica que vale para los hechos de corrupción (como los del caso que nos ocupa) y para las decisiones de estrategia política. Puede afirmarse que es su principal debilidad, de cara a la población que apoya a este sector político o que podría hacerlo.

Durante estas dos décadas y un poco más, los dirigentes del antichavismo han tomado atajos anticonstitucionales y violentos y, luego de estrellarse contra la realidad, ninguno ha terminado por admitir su culpa. Ahora, esa tendencia a desentenderse de los errores, las transgresiones y los delitos se muestra de un modo casi caricaturesco con la carta de PJ referida a las peripecias de un gobierno ficticio que –irónicamente- ha manejado cuantiosos recursos verdaderos, contantes y sonantes.

Un “yo no fui” difícil de creer

En los tiempos que corren prácticamente no hay historia, por falsa que sea, que carezca de gente dispuesta a creerla. El terraplanismo y diversas formas de negacionismo son pruebas de ello. Sin embargo, hay mentiras y excusas más fáciles de vender que otras.

La versión de PJ de que no participó en las fechorías del “gobierno interino” es de las difíciles.

En primer lugar, este partido político tendrá dificultades para deslindarse de las decisiones que tomó una coalición de la que fue parte fundamental: el G4, integrada también por Acción Democrática (AD), Voluntad Popular (VP) y Un Nuevo Tiempo (UNT). Esa alianza fue la que se repartió el poder legislativo entre 2016 y 2020 (y del que pretende estar aún en ejercicio, a través de una presunta Comisión Delegada) y fue la que sostuvo el tinglado del pseudogobierno de Juan Guaidó.

Desde una visión jurídica, seguramente un abogado penalista podrá sostener que el G4 es responsable de todo lo hecho por Guaidó y su combo, bajo la figura de la complicidad correspectiva. Con su comunicado, PJ parece estar anticipando una defensa, alegando que su participación en el G4 solo le asigna una culpa difusa, pues las decisiones medulares estaban a cargo de Guaidó y de VP.

Sin embargo, ese argumento es complicado de sostener, en particular en lo que respecta a los casos de corrupción que tienen a Colombia como epicentro, toda vez que PJ ha tenido en Bogotá su propio bastión dentro de la aberrante criatura del “gobierno encargado”. De hecho, uno de sus principales líderes, Julio Borges, ha sido nada menos que el pseudocanciller de Guaidó y ha operado desde la capital colombiana como uno de sus principales agentes.

Pero eso no es todo. La coartada de PJ se complica por acontecimientos públicos y comunicacionales ocurridos dentro de la misma oposición. El despido del veterano socialcristiano Humberto Calderón Berti de su cargo ficticio de embajador en Colombia y sus denuncias sobre hechos de corrupción con los  fondos de la ayuda humanitaria y respecto al manejo político de la empresa Monómeros, fueron eventos ocurridos  muy temprano, en 2019. ¿Y qué hizo entonces PJ? ¿Respaldó al denunciante? No. Y no solo no lo respaldó, sino que otro dirigente de ese partido, Tomás Guanipa, accedió gustosamente a ocupar el puesto de Calderón Berti.

En el comunicado, PJ asegura que “desde el principio” reclamaron mayor transparencia en los manejos de fondos públicos, pero el ascenso de Guanipa al lugar de alguien que había formulado las primeras denuncias no luce nada coherente con la tesis de que estaban a favor de investigar las irregularidades.

La fractura principal

La carta de PJ no solo deja al descubierto la gran debilidad de la oposición, consistente en su incapacidad para asumir responsabilidades, sino también pone de bulto la principal fractura de ese hatajo de fuerzas políticas. Se trata de las profundas rivalidades de los grupos de poder en el espectro de la derecha.

Si bien los partidos socialdemócratas (en su doctrina declarada) AD y UNT, siguen teniendo peso específico, sobre todo en determinadas regiones, la confrontación más candente es entre las facciones comandadas por partidos siameses separados de la derecha radical: PJ y VP.

Más específicamente, la pugna se da entre líderes que, según los planes de la burguesía y del imperio estadounidense, ya deberían haber conquistado el gobierno, pues  fueron lanzados como “caras nuevas” (respuesta al desgastado bipartidismo de la IV República) a finales del siglo pasado.

La tensión máxima se registra entre el bando controlado por Leopoldo López, que ha tenido en sus manos el pseudogobierno, y los dos bloques de PJ, encabezados uno por Borges y otro por Henrique Capriles Radonski.

Da la impresión de que la fisura atraviesa internamente a PJ. El comunicado deja bastante descolocado a Borges, porque su figura está demasiado atada al interinato al que se le endilga toda la culpa de lo ocurrido.

El texto contiene detalles semánticos muy reveladores. El primero es que se dirige a la “comunidad nacional e internacional”, lo que deja ver que PJ, más que su militancia y la población venezolana, le preocupa lo que piensen los jefes extranjeros de la política de cambio de régimen.

Otro detalle es el punto en el que dice: “Dada la falta de receptividad de Juan Guaidó y de los representantes del gobierno interino…”. El hecho de que no se mencione a Guaidó con el título de “presidente encargado”, como era habitual hasta hace poco, no es algo casual ni de menor transcendencia.  Y cuando habla de las otras personas, claramente pretende establecer la idea de que PJ no era parte de ese gobierno interino.

En uno de los párrafos finales, en concordancia con la visión neocolonial de la oposición venezolana en general, PJ propone que los activos de los que el “gobierno encargado” ha mal manejado hasta ahora, pasen a ser manejados por un ente externo de alto nivel.

En palabras más llanas, están planteando un cambio en los grupos de poder corporativo que se han apropiado ilícitamente de Citgo, de las cuentas en divisas en la banca internacional y del oro depositado en Inglaterra. Asimismo, sugieren cambios en el control de Monómeros, que ahora está en poder de un sector de la élite colombiana.

Es de suponer que tales cambios en los “entes externos” significarán también un “barajo” respecto a los grupos internos. Después de entonar “yo te lo juro que yo no fui”, PJ está buscando la manera de cantar otra pieza típica de la política: “Quítate tú, pa ponerme yo”.

(Clodovaldo Hernández / LaIguana.TV)

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