Hay detalles que representan por sí solos a la totalidad, son íconos de lo estructural, episodios que funcionan como un “demo” del todo. No sé si me explico, pero para ilustrar la idea pongamos como ejemplo a doña Antonieta Mendoza de López, insigne matrona de la alta sociedad caraqueña, recibiendo un estipendio de 40 mil dólares como asesora comunicacional de Monómeros. 

¿Se entiende mi punto? Bueno, pues para tratar de que se entienda, digamos que es muy significativo ver a una persona de esa condición social (rica de cuna, de un linaje mantuano certificado por los genealogistas más notables del Caracas Country Club y sus vecindades), cayéndole como ave de rapiña al cadáver de la empresa venezolana en Colombia, disputándose la rebatiña con otra bandada de zamuros con menos pedigrí, como Tomás Guanipa, Ramos Allup o Manuel Rosales.  

El gesto de la señora mamá de Leopoldo López (autor intelectual de la muerte y descuartizamiento de Monómeros) dice tantas cosas que merece un examen detallado. 

Por ejemplo, esto debe ser particularmente deprimente para los admiradores de la burguesía local, los que se han tragado el cuento de que esas familias son de empresarios exitosos que han forjado sus fortunas con la iniciativa propia, mucho ingenio e innovación y enfrentándose al Estado (antes populista y luego comunistoide). Debe ser frustrante porque echa por tierra una serie de creencias a las que se aferra cierta clase media en contra de toda evidencia. En verdad, lo único que se ha ganado a pulso la mayor parte de esa clase social es el adjetivo “parasitaria” que en algún momento y con gran acierto se le endilgó. 

Según algunos puntos de vista, este tipo de conductas evidencian que el hecho de tener dinero y bienes suficientes para vivir “como les da la gana” no sacia el afán de apropiarse de más y más con la misma intensidad que cabe esperar de un ladrón recién vestido. Por el contrario, al parecer, las incrementa. 

El affaire de estas castas cleptómanas apunta en el mismo sentido que las revelaciones recientes de los llamados Papeles de Pandora (y en los anteriores, de Panamá), donde los presidentes y expresidentes más ricachones (Macri, Piñera, Lasso, Martinelli y otros de la misma laya), esos que supuestamente no necesitan corromperse porque ya tienen plata de sobra, son los que figuran como los más choros, dicho sea en criollo. 

El asunto de doña Antonieta evoca también esos casos en los que a alguna famosa actriz de Hollywood o Netflix la pillan robándose una pantaleta Victoria´s Secret en una tienda solo para celebridades, ello a pesar de tener honorarios de millones de dólares por una película o de 300 mil por cada episodio de una miniserie. “Es que las domina el subidón de adrenalina que les produce el acto ilícito”, justifican los comentaristas de la prensa sensacionalista. ¿Será eso también en este caso? 

Si uno se remite a las explicaciones de la izquierda ortodoxa, lo que está ocurriendo no es nada antinatural. Por el contrario, es lo que cabe esperar porque toda la riqueza que esas familias poseen ha sido apropiada indebidamente, mediante la explotación de los trabajadores; a través de la especulación en contra de los consumidores; cobrando comisiones a otros empresarios reales o de su misma ralea; y por la vía del asalto al patrimonio público, antes ejecutado con la complicidad de los políticos profesionales de la derecha y sus extrarradios, y ahora directamente, con sus propios liderazgos de probeta y sus feudos partidistas de inspiración facha. 

Todo lo que poseen es robado, de una o de otra forma. Es como una pulsión que tienen a apropiarse de aquello que vean mal puesto -dice mi segunda politóloga Eva Ritz Marcano, recordando una frase que usaba a menudo el periodista Alberto Nolia:- Familia que roba unida, permanece unida”. 

El caso de corrupción de Monómeros es particularmente grotesco, casi fellinesco, para seguir en onda cinematográfica. Luego de veinte años fuera del poder político nacional, la derecha logra echarle mano a esta empresa estatal al amparo del pseudogobierno encargado y con la connivencia de la oligarquía colombiana. Bajo el argumento de que está mal administrada por el rrrrégimen, asumen el control y, de inmediato, en cuestión de pocos meses, simple y llanamente la saquean, la despluman, la despellejan, se la dividen en varios toletes y arman un festín de antología en el que hasta la encopetada madre agarró su “regalito pa los frescos”, como se dice en el léxico clásico de la matraca. 

Si se revisa la hoja de vida de la progenitora del “Mandela venezolano” (como lo llamó, sin temor al ridículo, cierta prensa española) habría que llegar a la conclusión de que su talento para trasegar dineros públicos hacia las cuentas familiares es de vieja data (sin pretender incomodar a la dama con inelegantes referencias a la edad). Está probado que ella fue la que firmó el cheque que Petróleos de Venezuela, en aquellos tiempos de la meritocracia cuartorrepublicana, le entregó a Julio Borges, que entonces era el cabecilla del grupo de amigues (en algún momento tenía que usar esta palabra de moda, perdonen) en el que estaba el entonces sub-30 Leopoldo, es decir, el hijo de la gerente. Fue para que ellos fundaran su propio partido, uno que encarnara los intereses de la nueva derecha, pues ya los cachivaches de AD y Copei no daban para más.  

Pues bien, ahora el buen hijo le ha retribuido el favor a la madre, al meterla (que se sepa) en el guiso de Monómeros a cambio de los servicios de lavado y engrase de reputaciones corporativas en los que la señora ostenta eso que llaman experticia.  

Dice un refrán que “los que se acuestan en el mismo colchón se vuelven de la misma condición”. Y parece que en el caso de los López Mendoza se cumple el aserto, pues el señor, que ahora es súbdito español y eurodiputado, se instalaba (según buenas y malas lenguas) en los restaurantes gourmet de La Castellana, Altamira, Los Palos Grandes y Las Mercedes, y se encargaba de “bajar de la mula” a cualquiera que quisiera construir algo en Chacao en aquel raro tiempo en que Leopoldito tuvo trabajo fijo (es decir, cuando era alcalde de “la Milla de Oro” y sus alrededores).  

Con razón cuando le preguntaron de qué vive en España, Leopoldo López hijo, dijo que de su familia, a pesar de ser –en palabras de una periodista opositora- “un manganzón de 50 años”. 

Un aspecto que merece reflexión en este “demo” del bandidaje de alto coturno es que deja con los argumentos muy debilitados a los que dicen que es necesario el cambio político en Venezuela para adecentar el manejo de la cosa pública. Esta tesis se pone difícil de creer cuando se revisa lo ocurrido entre 2019 y la actualidad y se constata que a estas élites (¿o será mejor decirles directamente mafias) ya no les hace falta ni siquiera llegar de verdad al gobierno para montar una orgía de corrupción tan pero tan depravada, que hasta las abuelas participan. 

Reflexión dominguera

¿Cuándo es hostigamiento y cuándo no? El tratamiento comunicacional del caso de Álex Saab sigue generando temas para tesis de grado, especialización, maestría y trabajos de ascenso de las escuelas de Comunicación Social y sitios afines. Uno de esos temas es tratar de explicar el enrevesado concepto que tienen algunos profesionales, empresas, gremios y ONG de este ramo acerca del hostigamiento mediático. 

El asunto es que el principal acusador periodístico de Saab se ha declarado víctima de un hostigamiento por parte del Gobierno y de sus dispositivos comunicacionales porque se ha publicado una enorme cantidad de tuits en los que se cuestiona su denuncia, habida cuenta de que no prosperó en Suiza y que, en la primera audiencia en Estados Unidos, fueron retirados siete de los ocho cargos imputados extraterritorialmente por “la justicia” de esa nación. También han surgido denuncias, basadas en testimonios de terceros, según las cuales el periodista en cuestión ha tenido acercamientos cuestionables con los empresarios implicados en sus investigaciones (dicho sea con toda la delicadeza posible para no entrar también en las arenas movedizas del “hostigamiento”).  

El comunicador ha recibido de inmediato la solidaridad del medio del que forma parte; de otros de la llamada “prensa libre” (pagada por EE.UU. o sus aliados europeos); del Colegio Nacional de Periodistas y varias ONG (pagadas por EE.UU. o sus aliados europeos, disculpen la repetidera) y, como es normal, de sus amistades.  

Por lo que se aprecia en observación directa, cuando un periodista investiga a un funcionario o a un particular cualquiera y presenta los resultados de su investigación en una o muchas publicaciones, está ejerciendo sus derechos legítimos. Si ese funcionario o particular reacciona en el terreno judicial, perpetra un acto violatorio de dichos derechos. Y si el funcionario o particular (o un tercero individual o grupal) responde en el campo mediático, investigando el proceder del periodista, estamos frente a un acto de acoso, un hostigamiento. 

Sería interesante indagar en que radica la diferencia. Por qué el que actúa bajo el mascarón de proa del periodismo puede escribir decenas de miles de tuits para respaldar su denuncia, sin que eso se considere hostigamiento, mientras sí lo es la respuesta de los que tienen otros mascarones o no tienen ninguno. ¿Es válido que no se apliquen las mismas reglas? Ojalá alguien se anime con esa tesis. 

(Clodovaldo Hernández / LaIguana.TV) 

 

 

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