El escenario es desolador: decenas, cientos de tiendas de campaña o precarias chabolas armadas con cartones, plásticos y cuerdas repartidas bajo los viaductos y plazas de la ciudad más poblada de Sudamérica. La pandemia convirtió a Sao Paulo en la capital de los sintecho, un problema que se arrastra durante décadas.

Lo sabe bien el padre Julio Lancelotti, un sacerdote católico que lleva décadas cuidando de las personas sin hogar. «Con la pandemia aumentó muchísimo el número de personas en la calle. Además ha cambiado el perfil, cada vez más vemos mujeres y niños, familias enteras», comenta en una entrevista a Sputnik, desde la humilde iglesia de San Miguel Arcángel, en la zona este de la ciudad.

Desde allí, cada mañana, después de la misa, recorre las calles adyacentes para repartir bollos y zumos durante el desayuno, hasta llegar a un comedor social donde se dan cita cientos de personas. Todo el mundo le conoce. Su rostro incluso aparece en forma de grafiti en las paredes del barrio.

Un problema endémico

El problema de las personas en situación de calle en Sao Paulo, igual que en muchas otras ciudades del mundo, es estructural. Según Lancelotti, ocurre «porque quien gobierna la ciudad es la especulación inmobiliaria». «Hay más casas sin gente que gente sin casa», dice convencido.

No está claro cuántas personas viven a la intemperie, pero según el Movimiento Estadual de la Población en Situación de Calle, en la capital paulista serían alrededor de 66.000 personas. Ahora el ayuntamiento está elaborando un censo oficial que cuesta 1,7 millones de reales —más de 300.000 dólares—. El último que se hizo, antes de la pandemia, concluyó que había 24.300 personas en las calles, por lo que se espera que el aumento sea considerable.

Lancelotti, de 72 años, está cansado de explicar que las viejas fórmulas de construir albergues donde agrupar a las personas en literas no funciona. Todo el mundo quiere algo de independencia, una mínima estructura donde recuperar su identidad y poder comenzar de cero, explica.

«La alcaldía trabaja con grupos grandes; en vez de alquilar cuartos ellos quieren amontonar a 400, 500, 1000… porque el pensamiento del poder es institucional, ve el número, pero no mira a los ojos de la persona», lamenta.

Un cura «comunista»

Lancelotti es el cura más famoso de Brasil y lo sabe. Ha recibido todo tipo de premios y es un usuario activo de las redes sociales. Sabe usar su visibilidad en favor de las causas que le parecen importantes. Una de las acciones que más viralizó en Internet fue cuando se plantó con un enorme martillo para romper los bloques de piedra que el ayuntamiento había instalado debajo de un puente para evitar que personas sin techo se cobijaran allí.

En otra ocasión lavó los pies a la Viviany Beleboni, una mujer transexual que había sido amenazada de muerte por la extrema derecha porque desfiló crucificada, emulando a Jesucristo, durante el desfile del orgullo gay, para denunciar los delitos de odio y la transfobia. Para mostrarle su apoyo, Lancelotti la acogió en su iglesia.

«Las trans sufren mucho, por eso yo siempre me hago fotos con ellas», dice, a sabiendas que todo eso tiene un coste. Es un verso suelto en la Iglesia Católica, y es amado y odiado a partes iguales. Formado en la Teología de la Liberación, no son pocos los que le ven demasiado «progre», prácticamente «comunista». Sufre duros ataques por parte del bolsonarismo.

Él los rebate con firmeza: «Hoy el Gobierno brasileño es muy religioso, pero ¿qué religión es esa? Una religión que mata, que está obligando a la gente a comer en la basura.. Eso no es una religión, es una perversidad», dice, y confiesa la rabia que le produce la apropiación del nombre de Dios: «Yo siempre me pregunto de qué Dios están hablando, porque no es Jesús de Nazaret, ese debe de ser otro Dios».

(Sputniknews)

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