Desde épocas remotas las sociedades humanas recogieron experiencias místicas de viajes al más allá. Un más allá que es una suerte de universo mental capaz de rebasar nuestro universo cotidiano, descrito de muchas maneras, pero siempre cargado de peligros y de premios. Un más allá asociado a sueños, visiones, terrores y alegrías, a temas míticos que perviven y a reiteradas manifestaciones de religiosidad que parecen ser ansias no sólo de transcender nuestra inevitable muerte sino de descubrir por adelantado lo que el destino nos reserva.

Entre los ejemplos de viajes a ese otro mundo, entrada mágica en otra dimensión espacial y temporal distinta a las de nuestra cotidianidad, destacan los que lo asocian con mujeres maravillosas, suerte de diosas, hadas, o amantes ultramundanas que vienen a nuestro mundo buscando mortales que las acompañen al más allá; que facilitan al héroe capaz de emprender el viaje la superación de los obstáculos de que está lleno el camino que a ese más allá conduce; y que le ofrecen amor y felicidad eterna. Pero como también hay   ambigüedad en esto, como la hay en toda fantasía vinculada con cualquier viaje que nos conduzca más allá de nuestro mundo, esas amantes parecerían ser a veces también mensajeras de muerte, pues ese otro mundo, en el que no hay cambio ni existe el tiempo, mundo de vida eterna en que no hay muerte, podría ser justamente el mundo de la muerte, pues la inexistencia en él de fronteras entre vida y muerte termina por hacer posible identificar la una con la otra.

La mejor demostración de esa terrible ambigüedad se transparenta a través de algo que nos muestran los viejos relatos de diosas, magas o hadas: que hay un doble transcurrir del tiempo entre ese otro mundo y el nuestro; y que no es fácil para nosotros, como si lo es en cambio para ellas, y en general para los seres sobrenaturales de ese mundo, pasar del uno al otro. El tiempo de ese otro mundo es tiempo de eternidad, tiempo sin tiempo, tiempo que no transcurre; o que transcurre a un ritmo muchísimo más lento que el de nuestro mundo temporal y corruptible, cuyo tiempo se va en cambio con mucha rapidez marcándonos a su paso veloz con las huellas del envejecimiento, el dolor, la angustia, la enfermedad, el desgaste de nuestros órganos vitales y la amenaza cada vez más cercana del aniquilamiento con el que ese tiempo nuestro siempre termina, al menos para cada uno de nosotros.

En un hermoso relato medieval de viajes, el viaje de Bran mac Febail, obra maestra de la vieja Irlanda situada en la frontera entre paganismo y cristianización, se narra el viaje, inducido por un hada, de un héroe y un grupo de camaradas suyos al otro mundo, descrito como isla maravillosa de placeres, en el que viven al lado de hermosísimas mujeres lo que son para ellos unos meses de felicidad plena, pero que una vez que, decidido el regreso, emprenden el viaje de vuelta a Irlanda y se aproximan a ella, resultan ser más de 300 años, pues el tiempo de la isla ultramundana no es el mismo de Irlanda; es decir, el de este mundo; y descender del barco en que se encuentran, como hace uno de los viajeros, conduce a la desintegración corporal, a la brusca llegada de la muerte. De una muerte que cada uno de ellos llevaba consigo sin saberlo, y cuya llegada sólo había sido retardada por su permanencia en un mundo en que no existía el tiempo, o en que el tiempo transcurría a un ritmo tan lento que bien podría –visto desde la perspectiva de la duración de una vida humana– ser asimilable a la de la eternidad. Aunque para Bran y los suyos, imbuidos de nuestra noción rápida del tiempo, la única que somos capaces de experimentar, noción acentuada en este caso por el carácter placentero del mundo en que se hallaban; esto es, por esa lectura espontánea y sugestiva que hace que, aún de ese transcurso rápido, nos parezcan siempre más cortas las horas felices que las dolorosas o pesadas, esos 3 siglos les parecieran unos pocos meses.

En un relato más corto y aún más poético, recogido en una de las Cantigas de Santa María (Cantiga CII) de Alfonso el Sabio, un monje conocido y respetado por todos en su convento, y siempre preocupado por saber cómo es el otro mundo, se aleja un día del convento, arrobado por el dulce canto de un pájaro, al que sigue al cercano bosque. Y al regresar, creyendo que ha estado sólo un rato escuchando el trinar del bello pájaro, se encuentra con que el portero del convento –que no es el mismo que estaba en la entrada cuando el salió hacia el bosque poco antes– no lo reconoce y le impide entrar. Pide se llame a los otros monjes, y éstos acuden a oír su relato, pero no sólo son también distintos a los que convivían con él hasta su salida hacia el bosque tras el ave, sino que tampoco lo reconocen, para su creciente confusión y angustia. Sólo un anciano monje, archivero del convento, viene a aclararlo todo: él tampoco lo conoce, aunque dice haber entrado al convento hace casi 100 años, pero admite haber hallado en los archivos que revisa, la extraña historia de un monje que hace ya varios siglos se perdió en el bosque siguiendo un pájaro cantor y nunca regresó. En medio del asombro general, el monje es readmitido en el convento, y poco después muere, por supuesto en olor de santidad. Así unas pocas horas en el bosque, frontera usual entre dos mundos, oyendo el trinar maravilloso de un ave celestial, imagen de un viaje al otro mundo, resultan ser varios siglos en la tierra; y el tiempo de ese otro mundo, si es que hay en verdad tiempo en él, muestra tener un transcurso mucho más lento que el de nuestro mundo, tiempo del que al parecer inevitablemente somos parte.

Estos 2 cortos ejemplos, entre muchos otros posibles, nos revelan un inquietante tema. Ante todo, lo que representa en sí mismo por la ambigüedad que muestra entre nuestro deseo de trascender y nuestro miedo a hacerlo, entre la felicidad que representa ese otro mundo o paraíso y los riesgos que implica ir hacia él incluyendo el terrible precio que a veces hay que pagar por ello. Pero inquietante también porque nos dieron a conocer desde hace muchos siglos, por una vía intuitiva, místico-religiosa o sensual, popular, pre-científica y pre-moderna, distante de los caminos racionales de la ciencia, una realidad que esta ha descubierto apenas hace un siglo y que ha transformado toda nuestra concepción del mundo: la de la relatividad del tiempo, la de que si pudiéramos viajar en una nave espacial a una velocidad cercana a la de la luz podríamos desplazarnos por el espacio exterior prácticamente sin envejecer; y tras meses en nuestra nave, regresar a la Tierra y hallar que en ella han transcurrido varios siglos, que todos nuestros amigos y familiares han muerto, que ya nadie nos conoce y que sólo gracias a algún archivo gráfico o escrito donde conste nuestro nombre y la fecha de salida de nuestro viaje sería posible aclarar que no mentimos y que tenemos siglos viajando por el cielo sin que hayamos envejecido, sin que el tiempo haya hecho mella en nosotros. Pero que casi sin duda lo hará de nuevo al pisar tierra, como pasa a esos viajeros de relatos chamánicos, cuentos de hadas o literatura de visiones, en todos los cuales parecen haber estado presentes de algún modo un conocimiento intuitivo y un saber profundo que la ciencia moderna ha ignorado o subestimado siempre y que parecieran no estar tan distantes como ha creído de su propio objetivo y de sus búsquedas.

¿Sería una locura esto? No. Es claro que tanto Bran y sus amigos como el monje imaginaron entrar en otra dimensión del espacio y el tiempo. En próximo artículo veremos la relación de esos viejos sueños con la realidad de la cuarta dimensión, del espacio–tiempo de Einstein y de su teoría de la relatividad.

(Vladimir Acosta / Últimas Noticias)

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