El último Tigre de Tasmania, llamado Benjamín, falleció el 7 de septiembre de 1936, debido a las afectaciones por su exposición en el zoológico de Beaumaris, ubicado en la ciudad australiana de Hobart.

De nombre científico thylacinus cynocephalus, había alrededor de 5.000 ejemplares de este animal al momento del arribo europeo a Australia, ocurrido a inicios del siglo XVII.

Sin embargo, la caza excesiva, la destrucción de su hábitat y las enfermedades introducidas por la ocupación aceleraron la extinción de este animal, de acuerdo con el Museo Nacional de Australia.

Ahora, no obstante, la ciencia busca devolverle la vida a esta criatura, considerada el carnívoro marsupial más grande del mundo, de hábitos seminocturnos, tímido, evasivo del contacto humano.

Si el proyecto científico llega a buen puerto podría asentar avances en genética, rescate de ADN ancestral y reproducción artificial de animales.

El titular del proyecto, el profesor universitario Andrew Pask, declaró que es necesario proteger la biodiversidad e impedir más extinciones, sin embargo no se registra una reducción real de la pérdida de especies en el mundo.

El científico dirige el Laboratorio de Investigación en Restauración Genética Integrada del Thylacinus, de la Universidad de Melbourne, y apuntó en una conversación con CNN que este trabajo puede corregir la extinción de especies y aplicarse en circunstancias excepcionales como la pérdida de especies clave.

La investigación, desarrollada de manera colaborativa con Colossal Biosciences y el genetista de Harvard George Church, contempla una inversión de al menos 15 millones de dólares para recuperar a este animal del tamaño de un coyote.

El Tigre de Tasmania era esencial para su ecosistema, sin embargo fue visto como una dificultad entre los europeos asentados en el territorio australiano, que lo responsabilizaban de la pérdida de ganado, cuando la causa real se ubicaba entre perros ferales y descuidos humanos.

Sin embargo, por ese motivo el Tigre de Tasmania fue cazado hasta su extinción. Cuando Benjamín murió ya se había emitido una alerta de la necesidad de conservación, sin embargo era demasiado tarde.

El proyecto científico busca reconstruir un genoma detallado del animal y compararlo con su pariente animal viviente más cercano, otro marsupial carnívoro del tamaño de un ratón, el dunnart.

«Esencialmente estamos trabajando ingenierilmente nuestra célula de dunnart para convertirla en una célula de Tigre de Tasmania», explicó el científico al frente del proyecto.

Si se logra este objetivo, se utilizarán vientres subrogados de dunnarts para convertir esa célula diseñada en un animal viviente, con miras a reinsertarlo en el hábitat salvaje de manera que puedan restablecer sus labores en el ecosistema, si bien es un proceso que requiere precaución.

Esta reinserción al medio ambiente tendrá que acompañarse de monitoreos de interacción en el ecosistema durante varias estaciones anuales, además de iniciar en fases de terreno acotado antes de liberar completamente a estos tentativos tigres en la amplitud del territorio.

La gestación de un Tigre de Tasmania en el vientre de un dunnart es posible pese a la diferencia de tamaño, explicó Pask, porque todos los marsupiales nacen con cuerpos pequeños, como del tamaño de un grano de arroz.

Las técnicas desarrolladas en el proyecto podrían también ayudar a que animales como el demonio de Tasmania crezcan sus poblaciones ante las amenazas que ha representado para su existencia el aumento de incendios forestales en Australia como consecuencia de la crisis climática, agregaron los científicos involucrados.

Así, las tecnologías desarrolladas en torno al Tigre de Tasmania tendrían aplicaciones inmediatas en materia de conservación de marsupiales, explicó el titular del proyecto.

(Sputnik)

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