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Juzgue ud. mismo: “Le pagué las operaciones a mi mujer y después me dejó” (+mercantilización)
Diciembre 17, 2014
La Iguana Google Plus

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Para tres hombres zulianos permitir que sus esposas se “tunearan” rostro, cintura y caderas fue un dolor de cabeza que le puso el punto final a la relación de pareja. Sus casos contribuyeron a inflar las estadísticas de carácter demográfico del estado Zulia, donde se contabilizaron, según el Instituto Nacional de Estadísticas (INE), cuatro mil 715 divorcios para el 2012 —la cifra más reciente publicada por el organismo sobre separaciones en el país, que coloca al Zulia al tope en el ranking nacional —. Aquí sus historias. Una lección de vida.

 

Cuando la última palabra de un hombre es: “Sí, mi amor”, algunos problemas están a la puerta. Al menos eso deduce el comerciante Mario Bello, quien saca cuentas de su enorme capacidad para mimar a quien fue su esposa por 10 años y se arrepiente.

 

Reflexiona que consentir a quien se ama no es un error, pero reconoce que aceptar que su esposa comenzara un proceso paulatino de “tuneo” despertó a un monstruo al verse perfecta. Y lo peor, es que todas las cirugías y tratamientos estéticos lo pagó él.

 

“Mi historia es de terror. Cuando me casé con Tamara ella era una mujer abnegada. Tuvimos dos hijos. ¡Bellos! Una hembra y un varón. Los adoro. Comenzó a juntarse con unas amigas que se arreglaban mucho. Y ella me suplicaba que le pagara una operación de senos porque se sentía plana. Se me ocurrió, de pendejo, regalarle los implantes para que se sintiera con menos complejo. Quedó como en talla 36”, cuenta Mario.

 

Lo primero que sobrevino fue el instito de Tamara de no dejarse tocar por su esposo durante casi seis meses por temor a perder la operación. Y una vez concretadas sus obligaciones conyugales, comenzó a pedirle una segunda cirugía: La liposucción.

 

“Mi esposa empezó a volverse adictiva a su arreglo personal. No salía a la calle si no tenía el cabello secado. Comenzó a gastar desmedidamente en ropa, accesorios, maquillaje y zapatos. Me puso la tarjeta de crédito full. A mí me gustaba la estampa nueva de Tamara y me convenció para pagarle también la liposucción. Allí dejé buena parte de mis utilidades”.

 

Renovada totalmente, se le alborotó el ego del marido porque caminaba junto a una mujer despampanante, llamativa, que era suya, y dejaba atónitos a hombres y mujeres por su buena presencia y cualidades. Su egoísmo fue adquiriendo carácter normativo, de manera que activó una retahíla de discusiones en casa por inconformidades en todo.

 

“Me peleaba porque no había agua. Porque no la fui a buscar a la fiesta infantil a la hora exacta que me decía. Porque traía la ropa muy sucia del trabajo. Porque tenía que levantarse a hacerme el vianda. ¡Por todo! Cuando antes me hacía las cosas con voluntad. Yo sentía que estaba buscando excusas para dejarme, pero ella quería que yo quedara como el malvado de la relación y ella la víctima. Cuando la situación se volvió insostenible en la casa, y ni siquiera nos tolerábamos, recuerdo que me dijo: ‘Quiero el diviorcio”.

 

Así comenzó la batalla campal para asegurar bienes. La custodia de los dos niños era el pasaporte para que Tamara accediera a dinero por manutención durante largo rato, porque los muchachos estaban lejos de cumplir la mayoría de edad. “Ella no pudo quitarme la casa porque yo la compré antes de casarme. ¡Menos mal! Me arrepiento de haberla tuneado. Te confieso que, me da miedo volver a emprender una relación seria con alguien. Siento que me van a estafar como la primera vez”, reflexiona Mario.

 

Carlos Becerra es un comerciante que amó a su esposa por 13 años. Marido fiel pese a ser un hombre atractivo, se desahoga: “Mi esposa, Yendrimar, era madre abnegada de dos hijos. Era ama de casa. La motivé a estudiar. Se graduó como ingeniera y consiguió trabajo con ayuda de unos amigos. Cuando comenzó a trabajar noté que se empezó a arreglar con más frecuencia. Pensé que era normal, porque debía cuidar su imagen. Al tener dos años y medio trabajando me dijo que se quería colocar unos implantes mamarios. Ella era plana frontalmente. La idea me gustó porque me daría un gusto a mi también. Cuando llegaron las tetas llegó mi divorcio. Desde la cirugía hasta el divorcio no pasó año y medio. Si la hubiera dejado sin lolas, te aseguro que todavía estaríamos juntos”, evalúa.

 

Carlos, jocoso e irónico, dice que no le guarda rencor por los 13 años que debió mantenerla, que le dio gustos, la ayudó a superarse en la vida, le tendió la mano en el postoperatorio de la cirugía, y le colaboró financieramente para costear la intervención quirúrgica completa. “Me fregó. Pero, bueno. Arriba hay un Dios que ve y resuelve. Ojalá se le caiga su pechonalidad rapidito y se le pongan como a Magda, la abuelita de la película Loco por Mary. Vamos a ver si cuando se ponga vieja alguien la va a querer con tanta vanidad encima”.

 

Quizá con el mismo optimismo de Carlos, Octavio Pirela, un administrador de empresas, cuenta su experiencia cuando perdió el matrimonio después de permitir el “tuneo” de su esposa, una maestra de educación básica.

 

Ella con modesto sueldo, pero siempre con medida coquetería, se destacó en los primeros cinco años de matrimonio (de los nueve que duró el amor) por hacerle su comida a tiempo, atenderle todas las responsabilidades propias para mantenerlo acicalado y feliz. Ambos procrearon tres hijos, pero la incorformidad de Ingrid se asomó aún más cuando su pecho sufrió los estragos de amamantar a los tres. Después de las operaciones vino su etapa de “muñeca”. Y todo cambió.

 

“La persona de la cual me divorcié era alguien totalmente distinto a la que me casé. Ella era una mujer que todo le daba pena. Pero después que le pagué las tetas, toda la ropa que compró tenía escote pronunciado y era ajustada. Yo era permisivo con eso. Al principio mi ego de hombre se sentía en las nubes. Porque a uno le gusta tener al lado a una mujer explotada, bien buena, que sea la envidia de otras y el deseo de otros. Ella se empezó a volver maliciosa, y se puso insoportable. Por todo peleaba. Nada le gustaba. Ahora entiendo que cuando las mujeres se ponen peleonas es porque traen una intención oculta. Cuando nos divorciamos, porque se consiguió otro con más cabello que yo, y más grandote que yo, que seguro la usará hasta que se canse, y la dejará botada después, me quitó un apartamento y un carro. Ya el carro lo chocó. No tiene con qué arreglarlo con el sueldo de maestra. Anda a pie. La custodia de los chamos la tenemos compartida. No le doy ni un medio por manutención”.

 

Después de superar su divorcio con una fiesta para alejar la depresión, tomar incontables cajas de cerveza, aguantar las bromas pesadas de sus amigos entrañables que le regalaron en dos vejigas llenas de agua que simulaban los senos de Ingrid, y disfrutar hasta el cansancio un viaje a Margarita que se regaló para disfrutarlo solo. Octavio superó su abrupta separación que vino por acceder a un complaciente “tuneo” para quien fuera su compañera de años.

 

A Tamara, a Yendrimar, y a Ingrid les picó el mismo mosquito del retoque, que les carcomió el alma y les dañó: “El sí acepto hasta que la muerte nos separe”.

 

Ellas no escucharon el consejo que desde la Sociedad Venezolana de Cirugía Plástica le hace a los pacientes: “La cirugía plástica estimula y promueve una autoimagen fuerte y positiva. Aún pequeñas alteraciones exteriores pueden producir grandes transformaciones en el interior de las personas. En consecuencia, proporciona alteraciones importantes y permanentes”. En estos casos fue el divorcio.

 

(Panorama)