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La verdadera historia de María Corina Machado desde sus inicios en la política
Enero 29, 2015
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Genuina representante de una clase social que antes no se metía en los pantanos de la política, se inició en ellos por culpa de la revolución. Como otros opositores, no reconoce ningún error y se declara inocente. Es una niña malcriada que ya dejó de ser niña.

 

 

Tira la piedra y esconde la mano. Firmó el decreto de Carmona, pero cuando le preguntan apela a la excusa de que era una lista de asistencia… y hasta se hace la ofendida. Ese día de abril de 2002 fue con su mami, Corina Parisca de Machado, a aplaudir al empresario que se juramentó a sí mismo. Ambas respaldaron con sus aristocráticas rúbricas el desconocimiento, desde la A hasta la Z, de la Constitución Bolivariana, la misma por la que ahora María Corina Machado dice estar dispuesta a cualquier sacrificio.

 

Tal vez fue un asunto de juventud (para ese entonces tenía 34 años y —ya se dijo— la llevó su mamá). Sin embargo, los intensos años transcurridos no la han hecho cambiar en eso de declararse inocente. En 2014, junto a otro hijo de la gran oligarquía, Leopoldo López, instigó a la violencia con “La Salida”, cadena de eventos que dejó 40 muertos, gran cantidad de lesionados, detenidos, traumatizados y enormes pérdidas materiales. Pero ella, igual que en 2002, afirma “yo no fui” y pone cara de doncella calumniada.

 

Quizá la culpa no sea de la dama sino de su alta cuna, pues ella misma reconoce que la malcriaron. No solo su mamá —quien la llevó a Miraflores aquel día del que ahora nadie quiere acordarse— sino también su padre, Enrique Machado Zuloaga, a quien algunos malvados llamaban el “Rey de la Chatarra” porque su negocio era reciclar metales; y una abuela, que la prefería entre 31 nietos mingones.

 

Machado estudió en la Academia Merici (un colegio para señoritas como ella), en la Universidad Católica Andrés Bello y en el Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA). Antes de cumplir 25 años ya era ingeniera industrial, diplomada en Finanzas y estaba casada con otro heredero de una distinguida familia caraqueña, como suelen decir las crónicas sociales.

 

Todavía corrían los tiempos de la IV República y, por eso, la oligarquía no tenía a la política como una gran prioridad, salvo algunos desubicados y ególatras como el señor de RCTV. Para meterse en esos pantanos tenían a los adecos, los copeyanos y hasta masistas y causaerristas (que lo diga Jorge Roig). Así que la “Princesa de la Chatarra” (la hija del rey, pues) ejercía su profesión en empresas industriales en Valencia y hacía obras de caridad en un par de fundaciones destinadas a la infancia desprotegida.

 

El afán de hacer política desde el Country Club y otros principados oligarcas se activó con la llegada de la Revolución. Machado fue una de las que se anotó en esa moda. Su primera estratagema fue ocupar el espacio institucional del Consejo Nacional Electoral mediante una de esas organizaciones que se declaran no gubernamentales, pero que dependen de gobiernos de otros países. Desde el parapeto de Súmate la “burguesita de fina estampa”, como la llamó una vez el comandante Chávez, quiso organizar referendos y elecciones a la medida de las necesidades de la derecha y bajo las directrices de la National Endowment for Democracy (NED). No pudo, salió con las tablas en la cabeza.

 

Fue en ese tiempo cuando les demostró a otros opositores que ella se entendía con el dueño del circo, mientras los demás lo hacían con los payasos: apareció en la célebre foto de las rodillas peladas, junto al zafio George W. Bush, en la Casa Blanca.

 

Luego resultó electa diputada. En la Asamblea Nacional estaba llamada a demostrar la superioridad intelectual de la gente chic, pero sus electores se quedaron esperando sus grandes intervenciones. En 2014, merced a otra de esas jugadas planeadas en think tanks imperiales, se infiltró en la OEA como embajadora alterna de Panamá. Lo único que consiguió fue que la AN la destituyera.

 

El fugaz rol de diplomática al parecer le gustó porque se estrenó el año enviándole una carta a Xi Jinping, para advertirle a China que no le preste más dinero a Venezuela, pues cuando ella sea presidenta—malcriada al fin— no piensa pagarles. Suena lógico: en ese caso, ella solo tendría deudas con los gringos.

 

(Clodovaldo Hernández/Ciudad CCS)