La detención de Julián Assange en Londres ha dejado claro  -una vez más- que las organizaciones no gubernamentales de derechos humanos son, en realidad, muy gubernamentales, pues son financiadas por las grandes potencias. Asimismo ha dejado al desnudo la falta de independencia del llamado periodismo independiente, que también depende de fondos extranjeros.

 

Un simple monitoreo de las reacciones (o la falta de ellas) sobre la privación de libertad del líder de Wikileaks demuestra que esas ONG y esos medios se las arreglan para no opinar sobre asuntos de derechos humanos y libertad de expresión cuando los responsables son los gobiernos del capitalismo hegemónico.

 

No es noticia


Para este jueves al mediodía (hora de Venezuela), cuando ya habían transcurrido varias horas de la captura de Assange, el portal en español de Amnistía Internacional no lo consideraba un acontecimiento noticioso en el campo de los derechos humanos. De hecho, tenían dos noticias fechadas el 11 de abril: una sobre la decisión del Tribunal Supremo de Corea del Sur, en beneficio de las mujeres;  y otra sobre una campaña iniciada en España, con miras a las próximas elecciones, para evitar la excesiva polarización y los discursos de “nosotros contra ellos”. ¿Lo de Assange? Nada, no figuraba en este portal.

 

Por su parte, en Human Right Watch, otra ONG de alcance mundial, tampoco aparecía el tema. El asunto más relevante era una exhortación a que el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas declare la emergencia humanitaria en Venezuela, solicitud perfectamente alineada con la postura de Estados Unidos.

 

¿Y los medios?


La conducta en todo el espectro mediático es demostrativa de la hegemonía que también en este terreno ejercen las potencias capitalistas. 

 

Los grandes medios de comunicación masiva del mundo han cooperado para que el acontecimiento pase como una noticia más. Esto se aprecia en el uso de la muy descafeinada palabra “arresto” para referirse a una acción que, de haberse producido en un contexto como el de Venezuela (o cualquiera de los países no aliados de EEUU), habría sido calificada como un secuestro.

 

Es, además, una conducta ingrata, pues muchos de esos medios amasaron grandes ganancias difundiendo los datos que Wikileaks arrojó al candelero de la opinión pública.

 

Una actitud también muy cuestionable es la del  Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación que tampoco había fijado posición luego de varias horas de ocurrida la incursión de la policía británica en la embajada de Ecuador, con el aval del gobierno de Lenin Moreno.

 

El Consorcio no publicaba nada en su cuenta Twitter desde el 3 de abril.

 

Este grupo de periodistas de investigación debería ser mínimamente solidario con Assange, pues su más importante caso (el que los dio a conocer) es el de los Papeles de Panamá, que guarda innegables semejanzas con el modelo de filtración de información que implantó Assange.

 

En Venezuela


En Venezuela tanto los medios de la derecha (los tradicionales y los nuevos), han replicado el comportamiento de la maquinaria comunicacional global y de las ONG: no escandalizar con el tema.

 

Se trata de la misma prensa que es capaz de armar una tendencia mundial por la falsa desaparición de una periodista o por la detención, siguiendo todas las pautas legales, de algún influencer.

 

“Silencio sepulcral en el periodismo venezolano sobre el arresto de Julián Assange. Las rentas de EEUU y Europa no llegarían si estos ‘comunicadores independientes’ se sumaran al repudio mundial por la detención del fundador de Wikileaks. Tiempos de cobardes”, dijo en su cuenta Twitter Gustavo Borges Revilla, del portal Misión Verdad.

 

(Clodovaldo Hernández / LaIguana.TV)

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