Para cerrar esta temporada de Desde Donde Sea, el filósofo Miguel Ángel Pérez Pirela disertó con el intelectual y periodista francoespañol Ignacio Ramonet sobre la construcción de la figura del intelectual comprometido con las luchas políticas de su tiempo. 
 
De Galicia a Marruecos
 
La conversación inició con un relato vital sintetizado del propio Ramonet, que destacó que «cada uno es hijo de sus circunstancias». 
 
En su caso, detalló, al haber nacido después de la Guerra Civil española —su padre combatió y su madre era dirigente sindical en una fábrica—, el año de Stalingrado (1942) y la migración de sus padres a Marruecos, país colonizado al norte por la España franquista y al sur por Francia, signaron su destino. 
 
Así, comentó, como sus padres eran anticolonización y republicanos, le escribieron en la escuela francesa, que en contraste con la escuela española, era laica. En ella, apuntó, recibió una sólida formación y además aprendió dos lenguas maternas: el español y el francés, amén del gallego que hablaba en el ámbito doméstico y del árabe callejero, lo que implica que creció en un contexto donde convergían varias lenguas y culturas, pese a los empeños de los colonos por imponer los suyos. 
 
En la década de 1950 su familia migró nuevamente a Tánger, ciudad internacional entonces administrada por las Naciones Unidos, donde cursó sus estudios secundarios y se empapó de la filosofía de Jean-Paul Sartre, dominante en la época y particularmente con su concepto de intelectual comprometido, desarrollado en su obra literaria en respuesta a la situación de Francia durante y después de la Segunda Guerra Mundial. 
 
Esa idea del compromiso, contó Ramonet, lo marcó desde muy joven, pues además coincidió con el tiempo en el que se produjeron las luchas de independencia de Marruecos, en 1956. 
 
«Me he criado en ese contexto en el que la lucha anticolonial era común en toda África», refirió. Poco después, recordó, en 1962, comenzó la guerra de independencia de Argelia, lo que le valió sus primeros golpes por parte de la policía. 
 
El París de la «edad de oro»: Barthes, Foucault, Lacan, Althusser, Derrida…
 
Ignacio Ramonet a menudo ha descrito su llegada a París, en la década de 1970, como una «edad de oro» de plena efervescencia política e intelectual tras los sucesos del Mayo Francés en 1968, a la que caracterizó como «la mayor revolución» contracultural de su generación, que transformó sensiblemente las instituciones francesas y más allá. 
 
A finales de la década de 1960, cuando ya ejercía como profesor en Rabat, capital de Marruecos, consiguió una plaza para cursar una maestría de Letras Modernas en Burdeos y luego arribó a la capital francesa para hacer su doctorado, con Roland Barthes como director de tesis en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, que en ese tiempo era el epicentro de las discusiones políticas e intelectuales del país. 
 
En paralelo, asistió a los seminarios del afamado psicoanalista Jacques Lacan durante tres años y se apuntó durante cinco años a los de Michel Foucault en el College de France, pero también siguió los pasos de otros pensadores de gran relevancia como Louis Althusser, Pierre Bourdieu o Jacques Derrida. 
 
De estos frutos alimentó Ramonet su propio pensamiento, al tiempo que desarrollaba una tesis sobre semiología del Cine, cuando la disciplina era aún muy incipiente, pues ni siquiera se enseñaba en las universidades. 
 
Para él, el aspecto más resaltante de estos investigadores era que sin desvincularse de las luchas sociales y la militancia partidista, pusieron su foco en las reflexiones teóricas de las disciplinas en las que se especializaron y no solo en las demandas contingentes de su tiempo. 
 
Una vez titulado, comentó, ejerció la docencia durante 30 años en la Universidad de París VII, que combinó con su labor periodística en diarios importantes como Libération, fundado por Sartre, Le Monde y Le Monde Diplomatique. 
 
En sus clases, refirió, dedicó numerosos seminarios al análisis semiológico de piezas publicitarias y noticieros, una verdadera innovación para la época. En paralelo, escribió numerosos libros sobre aspectos teóricos de la comunicación, de la que es un conocido especialista. 
 
De Le Monde Diplomatique al Foro Social Mundial
 
Su interés por el cine en tanto relato y su habilidad para construir textos periodísticos, le abrieron las puertas de Le Monde Diplomatique, donde publicó sus primeras críticas cinematográficas. 
 
Originalmente fundado como mensuario adscrito a Le Monde en los años 50 del siglo pasado para abordar temas de política internacional definidos según la agenda de las Naciones Unidas, entonces conformada por un puñado de países, dada la cantidad de colonias existentes, paulatinamente se fue desplazando hacia el terreno de las luchas de liberación que atravesaban el mundo de entonces. 
 
Empero, Ramonet precisó que fue la llegada de Claude Julien como editor en la década de 1970 lo que hizo que el mensuario asumiera un discurso antiimperialista, acompañado de una innegable rigurosidad periodística, lo que impidió que los textos fueran calificados como simple propaganda.  
 
Tras ese vuelco, relató, Le Monde Diplomatique se hizo muy exitoso entre los lectores, especialmente a partir de la década de 1980, lo que motivó que comenzaran a aparecer ediciones en otros idiomas como el griego, el español o el portugués. 
 
Cuando el intelectual francoespañol asumió la dirección del semanario, en 1991, había una lectoría consolidada que demandaba a los periodistas trascender el ámbito analítico y proponer soluciones frente la arremetida del capitalismo global. Esta decisión, contó, no fue sencilla de tomar, pues en la redacción hubo quien alegó que esa no era labor del medio sino de los partidos políticos, cosa que era, en algún sentido, cierta. 
 
En paralelo, se produjo una transformación radical del modo de funcionamiento del mensuario y como resultado, los periodistas deciden qué y cómo publicar y son propietarios, junto a los lectores de Le Monde Diplomatique
 
De este modo, refirió Ignacio Ramonet, en 1997, en un célebre editorial se aventuró en proponer la creación de una asociación de ciudadanos para luchar contra los efectos del capitalismo global. Las semanas siguientes, la redacción recibió millones de cartas de respaldo y Ramonet abogó por la constitución de ATTAC, una plataforma altermundista en defensa de las causas sociales a nivel mundial. 
 
Así, por ejemplo, contó que cuando se constituyó el Foro Económico Mundial de Davos, ATTAC contraatacó con la la creación en 2001 del Foro Social Mundial de Porto Alegre (Brasil), ciudad que en para la época estaba gobernada por el Partido de los Trabajadores y era un ejemplo en términos de gobernanza popular.
 
A esa primera edición, recuerda, acudieron presidentes como Hugo Chávez, Fidel Castro o Lula, pero también dirigentes como Evo Morales o Fernando Lugo y académicos como Rafael Correa, que acabaron por ocupar la primera magistratura de sus respectivos países, así como intelectuales reconocidos como Eduardo Galeano o José Saramago.
 
«El periodismo no solo es buen análisis, sino debe crear movimiento», no solo electorales sino de intercambio de ideas que permitan comprender mejor lo que sucede a nuestro alrededor, agregó, para puntualizar acerca de la importancia de comprometerse con causas capaces de generar cambios reales, como ocurrió en el caso del Foro Social Mundial.
 
Fidel Castro y Hugo Chávez, dos creadores de factura latinoamericana
 
En la conversación no se obvió su estrecha relación con el líder cubano Fidel Castro, quien, sostuvo, «era, obviamente, un intelectual», pese a portar atuendos militares y haber ascendido al poder mediante la lucha armada. 
 
A su juicio, esto era obvio desde que presentara su defensa ante el tribunal que lo juzgaba por su asalto al Cuartel Moncada en 1953, que luego fue recogida como libro bajo el título de La Historia me Absolverá. 
 
En ese documento, destacó Ramonet, se aprecia no solamente el genio militar de Castro —que equiparó al de Simón Bolívar en términos de su capacidad analítica—, sino el profundo conocimiento que poseía de la realidad de su país, que describió con la precisión «del mejor sociólogo», aunque careciera de un título en esa materia. 
 
Si bien su contacto con la Revolución Cubana se le presentó pronto en la vida, gracias a publicaciones que relataban los horrores de la dictadura de Fulgencio Batista, tras la victoria revolucionaria siguió el proceso con interés, pero en la distancia, pues su encuentro con Castro se produjo a mediados de la década de 1980, cuando, según él, solamente era un teórico de la comunicación, interesado en temas políticos. 
 
De su primera conversación, recuerda que el líder cubano se mostró interesado en su libro Propaganda Silenciosa, en el que se dedicó a desmontar, desde una perspectiva semiológica, la propaganda subterfugia introducida por el capitalismo en materiales que, en apariencia no tenían nada que ver con la publicidad o con la política. 
 
Castro, que había leído el libro y quedó gratamente impresionado, lo invitó a dictar una conferencia en el auditorio Karl Marx, la sala con mayor capacidad de la isla y desde entonces, no dejaron de reunirse periódicamente.
 
Esta anécdota, apuntó, le develó claramente al personaje, al que llegó a conocer en buena medida. Así, contó que descubrió que además de extraordinario orador, Fidel Castro era un gran escucha, un ávido lector y un implacable corrector, tanto de textos de ficción como de no-ficción, lo que le hacía poseedor de un gran espíritu creativo para la política. 
 
En este punto, Ramonet enlazó con la figura del expresidente venezolano Hugo Chávez, con quien también tejió una entrañable amistad. A su parecer, Chávez y Fidel compartían ese amor por la palabra y esa capacidad de crear, de imaginar y de reflexionar sobre aquello que aún no existía, pero que ellos consideraban posible. Más todavía: eran capaces de concretarlo. 
 
Por ello negó categóricamente las versiones con las que se pretende mostrarles como líderes autoritarios, poco instruidos e incapaces de pensar por sí mismos en problemas complejos y, antes bien, defendió que uno y otro se habían hecho a sí mismos con sus lecturas, un consejo que extiende a cualquiera que quiera tomarlo.  
 
Para refrendar esta opinión, Pérez Pirela aportó que conoció a Chávez en el anfiteatro de la Universidad de París I, en un evento en el que estuvo antecedido en la palabra por el propio Ramonet. En esa circunstancia, aseguró, se dio cuenta de que, muy a contrapelo de lo que se decía de él en los medios europeos, en los que se le presentaba como un joven dictador militar, Hugo Chávez era un intelectual de gran calado, que además tenía un proyecto político beneficioso para Venezuela. 
 
«Dio una clase magistral, primero de retórica y luego de lo que es una filosofía política en acción», recordó Ramonet, quien además destacó que justamente por eso se había propuesto teorizar los cambios que esperaba implementar en el país, en aras de profundizar la democracia venezolana. 
 
Los medios de comunicación y la verdad: el caso del 11 de abril de 2002
 
En la recta final del intercambio, tanto el comunicador venezolano como el pensador francoespañol reflexionaron en torno al destacado papel de Le Monde Diplomatique y el periodista francés Maurice Lemoine en la difusión de la verdad tras el golpe de Estado de abril de 2002. 
 
En este caso, recordaron, mientras un periodista de un canal privado de televisión contaba que chavistas disparaban contra manifestantes de la oposición por órdenes del presidente Chávez, en las inmediaciones del Puente Llaguno, Lemoine registraba lo que realmente sucedía: los disparos de francotiradores, las provocaciones de la Policía Metropolitana y la respuesta desde la parte alta del puente, para defenderse de los balazos. 
 
En juicio de Ramonet, Leimone «tuvo un papel decisivo como testigo y como periodista» para desmontar la manipulación mediática con la que se pretendió justificar ante la opinión pública el golpe de Estado. 
 
Ambos se encontraron en Caracas a propósito de las megaelecciones del pasado 21 de noviembre y el corresponsal le contó que su intención era participar en la marcha de la oposición, pero no pudo porque se había lastimado un tobillo. Así, optó por quedarse en las inmediaciones de Puente Llaguno, donde registró detalladamente todo cuanto ocurrió a su alrededor. 
 
La rigurosidad de su informe periodístico, que apareció en Le Monde Diplomatique, hizo que medios como The New York Times, The Washington Post o The Guardian abandonaran la versión de la prensa local, en la que se presentó a Chávez como un asesino de su pueblo y se adhirieran a esta, visto lo insostenible de aquella mentira. 
 
¿Cuál es el rol del intelectual en el siglo XXI?
 
Para concluir, Ramonet aportó sus consideraciones en torno al rol que debe desempeñar un intelectual en el siglo XXI, puntualizó que, en primer lugar, debe analizar con honestidad la realidad por la cual se interesa, para lo cual resultan indispensables «las armas» que aportan las ciencias políticas y sociales». 
 
En segundo término —y acaso más importante todavía—, todo intelectual está obligado a testimoniar, aún cuando sea «en contra de la doxa política dominante».
 
Para ilustrar su punto, refirió que «en América Latina persisten batallas» que vale la pena contar, «como por ejemplo los acosos a la Revolución Bolivariana y los ataques despiadados contra el presidente Nicolás Maduro». 
 
Ramonet opina que es el deber de un intelectual «honesto» denunciar los efectos del bloqueo, que han derivado en sufrimiento para los venezolanos, una situación que, recordó, ha padecido Cuba durante 60 años, sin que por eso se hayan producido los cambios políticos que anhela Washington. 
 
Cuando se produce la convergencia entre las labores intelectual y periodística, la obligación de analizar y estudiar la realidad desde cerca se hace ineludible, aunque sea un riesgo, aunque suponga pérdidas personales, incluidas la censura y los vetos. 
 
En su caso, dijo para finalizar, sin asumirse experto en ninguna revolución, asegura que conoce bastante la Revolución Cubana y la Revolución Bolivariana como para defenderlas, sin que ello implique que no se puedan formular críticas en un momento determinado. El punto, asevera, es que las estructuras que cimientan a esos procesos políticos siguen siendo válidos. 
 

(LaIguana.TV)

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