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"Son nuestra imagen y semejanza": Britto García y su reflexión sobre monstruos creados por el hombre
domingo, 26 de junio 2016
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Cuatro inteligentes monstruos se reúnen en 1816 a orillas del lago de Ginebra en la villa Diodati para disfrutar un verano de juegos neuróticos y creaciones poéticas. No son la mejor compañía el narcisista e incestuoso Lord Byron, su tímido médico Polidori, el enervado poeta Percy Shelley y su amante María Wollstonecraft Godwin, atormentada por la reciente pérdida de una hija prematura. Querrían hacer frívolas excursiones para huir los unos de los otros; pero el año anterior ha reventado el volcán Tambora en Indonesia: durante los tres años inmediatos un velo de ceniza oscurece el sol, el atroz invierno se prolonga indefinidamente, se pierden las cosechas y centenares de miles de campesinos se ven reducidos a comer pasto y buscar refugio en las ciudades, donde son rechazados por la violencia. Como los convidados en El Angel Exterminador de Buñuel, los cuatro neuróticos están condenados a la mutua compañía.

 

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Para entretener el ocio, Lord Byron seduce a Clara Clairmont, la hermanastra de María, y propone que cada uno escriba un relato de terror. Entre las dos y las tres de la madrugada del 16 de junio de 1816, María Wollstonecraft Godwin sufre una pesadilla: “Vi al pálido estudioso de las artes prohibidas arrodillado ante la cosa que había construido. Vi el odioso fantasma de un hombre estirarse, y luego, por obra de alguna poderosa máquina, mostrar signos de vida, y temblar con un torpe movimiento casi vital. Espantoso debía de ser, como debía serlo el efecto de cualquier empresa humana de remedar el estupendo mecanismo del Creador del mundo”.

 

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María despierta del ensueño abominable y comienza la redacción de una novela espantable. Como escribirá después, ésta marca el paso de su niñez a su edad adulta. Pues el hombre deja su infancia y su Paraíso atrás cuando se atreve a ser Creador. En lugar de la hija prematura, nace un monstruo inmortal: Frankenstein, el nuevo Prometeo. El doctor Víctor Frankenstein (“Piedra Libre”, en alemán) no crea a su engendro recosiendo cadáveres; descubre en camposantos y salas de disección el secreto de la vida, sobre el cual la autora guarda silencio. El monstruo no tiene nombre. Su creador huye de él, presa de inexplicable pavor ante su fealdad. Como un refugiado más de los centenares de miles desplazados por el frío de aquellos años sin verano, la creatura huirá por los campos, cubierta apenas por un gabán que roba a su creador, escapando de un mundo monstruoso que lo rechaza y lo persigue.

 

 

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El refugiado encuentra un escondrijo en el establo de una familia de refugiados franceses. Es bastante distinto del idiota berreante que nos presentará Hollywood. Espiando por una rendija, aprende a hablar y a leer observando cómo le enseñan francés a una refugiada de Turquía. El monstruo aprende “el extraño sistema de la sociedad humana. Escuché sobre la división de la propiedad, de la inmensa riqueza y la escuálida pobreza, del rango, el linaje y la sangre noble”. Encuentra libros, que devora: Ruinas de los Imperios, de Volney, Vidas, de Plutarco; Las cuitas de Werther, de Goethe; El Paraíso Perdido, de Milton. Así toma conciencia de que “no poseo dinero, ninguna clase de propiedad; que estoy dotado con una figura abominablemente deforme y odiosa, que no soy de la misma naturaleza del hombre”. El monstruo es un paria de la tierra.

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El monstruo refugiado busca simpatía presentándose a los refugiados: lo rechazan despavoridos. En el río, salva a una joven que se ahoga: el novio lo hiere de un pistoletazo. Al fin, en el bolsillo de su vestidura encuentra el Diario donde el doctor Frankenstein anotó las etapas de su creación. Razona que “como Adán, no estaba vinculado a ningún otro ser de mi especie”; concluye que “Satanás es el más perfecto emblema de mi creación”. Y blasfema: “¡Maldito creador! ¿Por qué me hiciste un monstruo tan odioso que incluso tú me abandonaste, asqueado?” Todo lo que viene después, hasta la inagotable eternidad, procede de este inexplicable rechazo.

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Si creas refugiados, se creerán humanos y buscarán compartir la humanidad. Si los rechazas, se tornarán monstruos. Si razonas con ellos, exigirán la exigua dicha de reproducirse. Si se la niegas, te negarán. Harán que reconozcas al monstruo en ti. Guiado por el Diario de su creador, el monstruo localiza a éste, exige que le fabrique una compañera para aliviar su espantosa soledad, promete que huirá con ella a las selvas de América del Sur. El doctor Víctor Frankenstein primero accede, luego destruye a la hembra artificial ante el temor de que una especie superior al hombre pueda multiplicarse y suplantarlo. El monstruo solitario condena a la soledad a su creador aniquilando a la novia, al padre y al mejor amigo de éste. Ahora sólo se tienen el uno al otro: se persiguen hasta el Polo Norte para destruirse: para intentar la culminación de la soledad total.

 

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El monstruo de Frankenstein no es el único engendro de esa noche de luminosas pesadillas. Siguiendo los pasos de María, Percy Shelley publica en 1820 Prometeo liberado, un farragoso drama sobre el Titán que robó el fuego del Olimpo para dar vida a los hombres. Aceptando también el reto, el médico John Polidori escribe The Vampyre, cuyo protagonista, Lord Ruthven, por el despotismo que ejerce sobre sus conocidos desdeñándolos y humillándolos en público, por su carismático poder de drenar la voluntad y la energía de quienes lo rodean, es un retrato del engreído y cojo Lord Byron. Al igual que éste, es inmortal, pero no en lo literario, sino en lo fisiológico: el narrador Aubrey lo deja por muerto en Grecia, y meses después lo encuentra vivo en Inglaterra. Lord Ruthven se sacia primero con la sangre de la novia griega de Aubrey, luego, con la de una hermana de éste. A diferencia de Víctor Frankenstein, el vampiro Ruthven no crea vida: la extingue. Al contrario del monstruo y a semejanza de Byron, su poder mortal es su atractiva belleza y su capacidad de robar vitalidad a sus conocidos. El monstruo de Frankenstein, por lo menos al comienzo, es externamente detestable pero en lo interno una criatura amorosa que sólo busca que su afecto sea correspondido. Lord Byron y el vampiro Ruthven son externamente hermosos pero en su interior monstruosos. El inescrupuloso periodista Henry Colburn publica la novela de Polidori en la New Monthly Magazine en 1819, atribuyéndosela a Lord Byron, y el relato deviene un arrollador éxito. Faltan 81 años para que Bram Stoker publique su Drácula. Desesperado por el fracaso en sus intentos por hacerse reconocer la autoría, John Polidori se suicida con cianuro a los 25 años de edad. Como el monstruo de Frankenstein, el vampiro de Polidori destruye a su creador.

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Creamos monstruos, como el dinero, el Capital, la revolución industrial, las armas atómicas, la inteligencia artificial, los refugiados, el cambio climático. Son nuestra imagen y semejanza: nunca asumimos responsabilidad por ellos. ¡Malditos creadores! Los monstruos tocan a la puerta, clamando venganza.

 

(LuisBrittoGarcía.blogspot.com)