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jueves, 30 / 05 / 2024

“Barbie ya tiene coño”: Juan Carlos Monedero lo explica en picante artículo

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Todos se visten de Barbie, todos han ido a ver Barbie y todos hablan de Barbie. En esta oportunidad Juan Carlos Monedero se aventuró a ofrecer sus agudos análisis sobre el tema que lo dejó plasmado en un artículo publicado en el portal público.es titulado “Barbie ya tiene coño”.

A continuación la opinión completa del analista español.

El cine es una industria que, vaya si es cierto, también puede ser un arte. Pero nadie dudará de que, ahora mismo, en cualquier película prima, sobre todo, el beneficio. Por eso, cuando suena la flauta, todos bailamos. Con Barbie, la flauta no ha sonado. Pero tampoco sales del cine cabreado. Mattel, la marca que fabrica, principalmente en China, la muñeca, se ha reinventado, en la película no se ha molestado a nadie (bueno, salvo a la gente con “cuerpos no normativos”) y, a fin de cuentas, hemos pasado un rato viendo nuevos ángulos intrascendentes de la vital tensión entre hombres y mujeres. Bueno, con unos cuantos euros menos en el bolsillo, pero con un cierto barniz optimista.

Pedirle a Barbie que se afilie a Femme o ponga en marcha un nuevo Me Too en el mundo del cine para niños es excesivo. Sería como pedirle a Superman o a The Hulk que dirigieran sus súperpoderes contra el capitalismo. ¿O no recordamos que Batman, en El caballero oscuro del oscuro Nolan, es un empresario que se alía con los policías para ir a cazar “como ratas” a los perroflautas de Occupy Wall Street?

Sasha, la niña rebelde que empieza criticando a Barbie, termina abandonando las camisetas y se pasa al rosa. Unos grandes almacenes te pueden vender una camiseta del Che Guevara o de Nelson Mandela pero sólo cuando han logrado quitarles la carga subversiva, cuando nadie les ve como lo que realmente eran: dos buenos comunistas.

En el cine, con unos buenos artesanos del gremio -Greta Gerwig, la directora, lo es- y un buen guionista puedes hacer casi lo que te dé la gana. Spielberg, con música de Morricone, nos haría llorar en una escena con Hitler roto delante del féretro de su vieja madre. Así que, ¿por qué no hacer caja cuestionando amablemente todo lo que se ha criticado a la muñeca de imposible cintura, ropero interminable, piel perfecta y sonrisa inacabable? Parafraseando a Valerie Ritchie, podemos decir que “si odias a Barbie, ve a ver a Barbie para ver la crítica más implacable de Barbie”. ¿No lo hace Netflix en un cameo de la película? Aunque si la Barbie humanizada hiciera bajar la venta de las muñecas, olvídate Judith Butler.

Barbie incorpora como crítica cosas que al cuñadismo que molesta a Vox -y a algunos amigos del Presidente Pedro Sánchez- les parecerán intolerables. De hecho, ¿el imaginario de un burdel no tiene que parecerse a Barbieland? En un conocido poema escribía Oliverio Girondo:

“Me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!”

En esta película, Barbie decide volar. Y le huele el aliento al levantarse.

Barbie, la película, empieza con un guiño a 2001: Una odisea en el espacio. Lo que el monolito era a las diferentes fases de la humanidad, lo hacía para el imaginario de los juguetes para niñas que apareciera una muñeca madura -ya no un bebé con el que aprender a ser madre- sexualmente deseable -las mujeres empezaban a tener derecho a tener deseos- y autosuficiente -no andaba llorando por las esquinas su hambre, su suciedad, su llanto-. Si en 2001: Una odisea en el espacio los antepasados de los humanos usaban un hueso para inventar la primera herramienta con la que matar a un semejante, las niñas destrozaban las muñecas de porcelana, las muñecas repollo, las muñecas eternas para, al lanzarlas al espacio, retornar convertidas en un referente idealizado para fetichistas y madres.

Pero en la Barbie de la película, las cosas se trastocan porque el mundo del deseo y la imaginación choca con la crudeza de la realidad. Una mañana, Barbie se levantó con celulitis, pies planos y le olía mal el aliento. Que no cunda el pánico. Nada que algunos arreglos no puedan solventar. Barbie está decidida a darle un giro a su vida. Hay cosas del mundo real que no le gustan. Pero, ¿a quién le gusta el mundo real? Los obreros masculinos, que son los que trabajan de verdad en la película, son soeces -le dicen piropos que son puñales de los que asustan al Ministerio de Igualdad- y hay que terminar a golpes con ellos. Barbie, que no golpea a los ejecutivos, no duda en enfrentar a obreros de la construcción. Y eso que salen Barbies con la máquina percutora levantando asfalto. Los directivos de Mattel son idiotas, pero están trajeados. Son víctimas de ellos mismos. Dignos de compasión. Ojalá los ejecutivos de Blackrock o de Monsanto o los que venden armas o hunden con sus clasificaciones países enteros fueran tan tontorrones. No harían falta ni revoluciones.

A Barbie y a Ken les detienen porque no tienen dinero. Pero eso no significa que caigan en la espiral por donde caen los pobres. Al revés, la Policía les trata con cariño. No veremos a Ken con un policía poniéndole la rodilla en el cuello hasta que le falte el aire. Y el monólogo de Gloria arrancaría aplausos en una sala llena de mujeres cansadas:

“Es literalmente imposible ser mujer… Siempre tenemos que ser extraordinarias, pero no sé cómo siempre lo hacemos mal. Tienes que estar delgada, pero no demasiado y no puedes decir “quiero estar delgada”, tienes que decir “quiero estar sana”, pero también tienes que estar delgada. Tienes que tener dinero, pero no puedes pedir dinero porque eso está mal. Tienes que ser jefa, pero no mala. Tienes que liderar, pero no machacar las ideas del otro. Se supone que tiene que encantarte ser madre, pero no puedes hablar todo el maldito día de tus hijos. Tienes que ser profesional, pero también cuidar siempre de otros. Tienes que responder por el mal comportamiento de los hombres pero si les dices algo te echan en cara que te quejas.

Tienes que estar guapa para los hombres, pero no demasiado como para tentarles o para amenazar a otras mujeres, porque debes ser parte de la hermandad. Pero tienes que destacar y estar siempre agradecida. Pero sin olvidar que el sistema está amañado así que debes, aún sabiéndolo, estar agradecida. No puedes envejecer, ni ser maleducada, ni fanfarrona, ni egoísta, ni derrumbarte, ni fracasar, ni mostrar miedo, ni salirte de lo establecido.

¡Es demasiado difícil! Es demasiado contradictorio y nadie te da una medalla ni te da las gracias. Y, de hecho, resulta que no sólo lo haces todo mal, sino que además todo es culpa tuya. Estoy tan cansada de verme a mí y de ver a cualquier otra mujer hacer lo imposible para gustar a la gente. Y si las cosas también son así para una muñeca que representa a las mujeres, entonces apaga y vámonos”.

Apaga y vámonos. Igual que la Barbie prototípica se ha hecho feminista, ¿irá Barbie soldado a la guerra de Ucrania? ¿Se aliará con los inadaptados de Wagner o estará vestida como Zelenski? Y ante el calentamiento global, ¿será colapsista o defenderá el capitalismo verde? Está más cerca de Yolanda Díaz que de Ione Belarra. Así que no exageremos.

Pero quizá se le ha pedido demasiado a Barbie. Tarzán nunca promocionaría un safari de esos a los que iba el rey emérito a matar animales con los ojos grandes. Pensar que se puede usar la Barbie para inventar el feminismo del siglo XXI es como pensar que se puede usar el DDT para aumentar la conciencia ecológica. Cierto que en la película hay negras que son presidentas, juezas, mujeres con curvas, mujeres que pueden ser lesbianas -¿e incluso trans?- porque da todo lo mismo, porque es un mundo que, como en un centro comercial, no tiene problemas, y si hay problemas, rebotan en el sentido común aquiescente del sistema. Por eso, pese a la pluralidad, la protagonista tiene que ser blanca, muy blanca, blanquísima, como Margot Robbie, la actriz que la representa. Así, todo el mundo puede soñar un poco pero solo lo justo.

Volviendo a Ritchie, la nueva Barbie puede odiar el plástico, pero está hecha de plástico; puede odiar los estereotipos patriarcales, pero está cañón según los cánones estéticos en uso; aboga por la igualdad, pero es sonrosadita; es rebelde, pero sabe que prosperar en la vida es poder comprar cosas; es ecologista, pero tiene coche, barco y hasta nave espacial; pone en su sitio a los hombres, pero no se olvida de que, en el feminismo liberal, el conflicto con los hombres no es ni de clase ni de raza, sino superficialmente de género, de manera que algunas mujeres triunfadoras, como Barbie, puedan romper el techo de cristal. En esa lógica, cuando las mujeres ganan al patriarcado, no instauran la democracia, sino el Gobierno autoritario de las mujeres.

La película puede ser crítica con el patriarcado, con los empresarios de Mattel, con la evasión de impuestos de la compañía. Puede reírse de los hombres simples y con ansia de poder, que quieren estar en todos sitios y ser siempre ganadores. Con todas esas cosas Barbie va a ser más creíble: van a vender más muñecas, en un mundo donde las niñas ya juegan al futbol y son unas jefas con la play. Los roles están tan profundamente interiorizados que al hacer la crítica, liberas al público de tener que alejarse de la muñeca. Al final, hacen la crítica por ti y ya puede gustarte la Barbie, Julio Iglesias, querer que te regalen flores, que tu novio tenga celos o cualquier asunto que esté en controversia acerca de qué es machismo, qué  es moñismo y qué es cortesía. Que Barbie sirviera para ahondar en el feminismo sería como si periodistas de derecha o de extrema derecha dijeran en las peleas de la izquierda quién tiene razón. Claro que pasa, pero es estúpido.

Quedarse en el techo de cristal, como le pasa a Barbie, es el feminismo de Hillary Clinton. O, como recoge la película, el de la “creadora” de Barbie, Ruth Handler (en realidad, la plagiadora de una muñeca alemana previa), elevada a los altares oníricos como una mujer buena que sabe envejecer con sabiduría. De esa gente que dice que, si tienes buena actitud, vences al cáncer, a la pobreza y a la celulitis. Y el calentamiento global se solventa comprando y con sonrisas. En esa lógica donde los conflictos entre hombres y mujeres tienen que ser manejables, los celos se comen a cualquier otra controversia. En Barbieland no apuñalan a las Barbies delante de sus hijos.

Barbie ya tiene coño. Es un avance. ¿Estará depilada, como mandan los cánones del porno, o asustará a Ken con una frondosidad púbica? Seguirá, casi con toda certeza, sin celulitis. Aunque Barbie es tan perfecta que hasta su celulitis sería una señal de sublimación estética. Es Hollywood, ¿qué quieres? Sin Hollywood, el dominio geopolítico de EEUU estaría aún más cuestionado. Barbie es a los marines lo que Marta Sánchez a los soldados españoles en la guerra del Golfo. Pero todo es humo. El boulevard de las estrellas de la ciudad del cine está lleno de zombies que apenas mantienen el equilibrio golpeados por el fentanilo. No hay fentanilo en Barbieland ni gente viviendo en caravanas. Todos viven en casas espectaculares.

En esos EEUU decadentes, la nueva Barbie real, ¿qué haría? ¿Les llevaría café por la noche? ¿Pediría cuentas a los responsables? ¿Haría un rastrillo de pijas para vender viejas barbies para recaudar dinero para los pobres yonquis? Su vida, no puede ser de otra manera, seguiría vacía, insustancial, alienada, encadenada al consumo. Sin fiesta, Barbie no es Barbie. Resignificar a Barbie sería como resignificar a Hayek.

Puestos a mezclar el mundo real y el de los sueños, preferiría irme a hacer la revolución con la Barbie deteriorada (la Barbie “rara”). Ken, después de haber pasado por la cárcel, a lo mejor hasta se venía. Aún sigo sin saber si se vendría Allan. Hay demasiada gente de derechas en el mundo LGTBI. Qué tiempos los de Proud. En esa película sí bailamos. Barbie todavía era sólo una muñeca.

(publico.es)

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