Si alguien sabe de noticias falsas es Luis Almagro. En noviembre del 2015, este secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA) publicó la que se suponía era una carta que había enviado a la entonces presidenta del Consejo Nacional Electoral (CNE), Tibisay Lucena. El texto de la misma pretendía ser respuesta a otra misiva que supuestamente la titular del Poder Electoral le había dirigido.

El intercambio epistolar era falso. La comunicación de Lucena no existía. Y en el CNE nunca recibieron la carta de Almagro. Que la mentira lacerara la majestad del cargo regional que ejercía no debió interesarle a este abogado uruguayo, interesado como estaba en posicionar la idea de que si la OEA no vigilaba las elecciones legislativas que se realizaron ese año en Venezuela, entonces habría fraude. Es decir, sin ellos no habría triunfo opositor.

Las 18 páginas del texto, un pretendido informe de la observación electoral que nunca fue, constituían una sarta de acusaciones políticas y de propaganda. Y también de tareas que Almagro prometía de lograr que una misión de observación electoral participara en esas elecciones: “dar” condiciones y garantías electorales a la oposición, así como “tranquilidad de espíritu” a los venezolanos a la hora del conteo de votos, entre otras. Funciones que solo corresponden soberanamente a los organismos comiciales.

Esta no fue la única intervención de Almagro en ese proceso electoral. En una entrevista a la revista Semana de Colombia, en agosto, aseguró la conveniencia de que el organismo “garantizara de una manera fidedigna el resultado y evitara cualquier conflictividad posterior“. Y en septiembre llegó a asegurar que con la observación de la organización se podía “certificar si hubo o no fraude“.

La OEA no vino porque no fue invitada. En diciembre de ese año, el chavismo recibió una derrota estrepitosa al no obtener la mayoría calificada en la Asamblea Nacional. Con el triunfo de la oposición quedaron atrás las denuncias de fraude pero las ideas esenciales sobre la observación electoral quedaron intactas ¿Por qué Almagro ofrecía garantizar de manera fidedigna los resultados? ¿Por qué creía poder certificar un eventual fraude?

Porque para este organismo observar es influir, infiltrar, controlar el proceso electoral, a favor de intereses determinados. Así había sido, y sigue siendo, en muchos países del continente. Todo ello en desmedro de la soberanía de los pueblos.

Razón más que suficiente para que en el 2006, el Poder Electoral decidiera cambiar el sentido de la veeduría internacional para impulsar el concepto de acompañamiento, en respeto a los principios de igualdad soberana entre los Estados, la autodeterminación de los pueblos y la soberanía de las naciones.

¿Qué es la observación electoral internacional?

Pese a sus conocidas deficiencias, ningún proceso electoral de la IV República requirió de observación internacional para que sus resultados fueran “legitimados”, aunque ya en la década de los noventa, el mecanismo empezaba a estar de moda.

Excepción hecha de 1998, cuando vinieron al país 300 observadores internacionales, según el diario El País de España. Entre ellos misiones de observación de la OEA, el Centro Carter y la Unión Europea. Según la nota de este diario, fechada el siete de diciembre de ese año, incluso 38 funcionarios de la embajada de Estados Unidos en Venezuela fungieron de observadores.

La desproporción tenía sus motivos. Chávez se había convertido en una opción real de triunfo, y con él, se anulaba la posibilidad de una negociación como la atribuida a Andrés Velásquez, quien en 1993 habría accedido a no defender su triunfo en la elección presidencial. Según una cita adjudicada a Jennifer McCoy, directiva del Centro Carter, la invitación del gobierno venezolano a tal cantidad de observadores se debió, entre otras cosas, a la necesidad de “demostrar que la elección sería justa”, una preocupación que había sido inexistente hasta ese momento. El eventual uso que se le daría a la presencia de tantos observadores nunca se conoció, pues la contundente votación que obtuvo, cerró de hecho la era del poder compartido puntofijista.

Desde entonces y hasta el año 2006, la OEA, la Unión Europea y el Centro Carter “monitorearon” las elecciones. Y durante ese tiempo fueron mostrando el interés político, a favor de la oposición, detrás de la aparente condición técnica con la que fueron siendo revestidas sus actuaciones. Incluso el Centro Carter -cuyo fundador, el ex presidente Jimmy Carter, llegó a decir que el de Venezuela era el mejor sistema electoral del mundo– fue adoptando una postura política hostil al gobierno venezolano, que se hizo evidente tras el retiro de Carter y el inicio de la jefatura de McCoy.

¿Qué es la observación electoral?

Según la Declaración de Principios para la Observación Internacional de Elecciones, adoptada por la ONU en el 2005, es un mecanismo para la reunión de información relacionada con las elecciones, para su análisis y la extracción de conclusiones sobre el carácter de los procesos electorales, basadas en la exactitud de la información y la imparcialidad del análisis, sin interferir en dichos procesos.

Esta Declaración no es, sin embargo, una norma de derecho establecida por la organización mundial, por lo que los países no están obligados a invitar observadores electorales. De hecho, Estados Unidos, Argentina, Brasil, Canadá y Chile, naciones que han presionado a Venezuela para imponer misiones de la OEA al alegar supuestas irregularidades, no aceptan este mecanismo de monitoreo.

La realidad de monitorear

Pero la aparente pulcritud de las misiones de observación no lo es tanto. “Monitorear, como su nombre sugiere, requiere el acceso sin trabas a todos los componentes y etapas de un proceso electoral y por la vía de los hechos otorga al observador la posibilidad de conocer, participar, evaluar y concluir sobre las etapas y procesos observados. Esta relación tiende a plantearse de manera asimétrica, desigual y puede distorsionar las pautas del intercambio entre las Misiones y un Estado soberano. Prácticamente, el observador se convierte en una especie de fiscalizador cuyas recomendaciones supone de carácter vinculante para el Estado”, asegura la exdirectora de Relaciones Internacionales del CNE, Rosaura Sierra, en un trabajo inédito titulado La mirada del otro: observación o acompañamiento electoral en Venezuela.

No son gratuitas las aseveraciones de Sierra, quien tuvo a su cargo el programa de observación electoral en la elección presidencial del 2006, y de los programas de acompañamiento internacional hasta el 2018. “Un uso interesado de ella (la observación electoral) sí podría lesionar los principios consensuados del derecho internacional, principalmente, el de la no intervención en los asuntos internos de los Estados”, afirma.

En su criterio, la observación electoral se asume bajo una visión asimétrica, en la que los observadores evalúan desde la autoreferenciación, a partir de estándares de sus países o de los organismos que representan. “En la práctica, la observación internacional puede asumir funciones de legitimación por encima de la autoridad electoral, los partidos políticos y las electoras y electores. En ocasiones, puede ser complaciente o exigente, atendiendo a otros intereses o presiones que exceden su aspirada neutralidad”.

Y así se ha comprobado, por lo menos en el caso de la OEA. En trabajos publicados en marzo de este año en La IguanaTV, se muestran ejemplos de cómo el organismo regional actuó en desmedro de las democracias de países de la región.

En el 2019, su misión electoral jugó un papel determinante en el derrocamiento del presidente de Bolivia, Evo Morales. En el 2018, los observadores de la misión que “monitoreó” la segunda vuelta presidencial en Colombia tuvieron tal actitud complaciente que atenuaron en su informe las graves irregularidades con la compra de votos, las cuales aún hoy revuelven las aguas en la nación neogranadina. La injerencia abierta de las misiones de observación de la OEA quedó registrada también en Haití, en el año 2011, cuando tomó el control del centro de tabulación de datos y cambió los resultados.

La descarada injerencia de la OEA no debe representar a la totalidad de los organismos de observación electoral. Lo que sí comparten todos es “monitorear” desde intereses y visiones políticas determinadas. Una eventual misión de observación de la Unión Europea en las elecciones de diciembre próximo, tal como ha insistido el vicepresidente del CNE Rafael Simón Jiménez, no estará fuera de esa perspectiva.

(Taynem Hernández / LaIguanaTV)

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