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Estos fueron los remedios más crueles de la historia para curar enfermedades cotidianas
Julio 12, 2016
La Iguana Google Plus

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Acciones que hoy son consideradas crímenes escalofriantes y violentos alguna vez fueron el único remedio para curar los más insufribles males.

 

Con el tiempo, la medicina pasó de ser un oficio agresivo y carente de investigación, a una de las industrias más grandes y exclusivas en el mundo. ¿Por qué? Porque a pesar de lo mucho que la gente sufría, los doctores cobraban y los pacientes sanaban.

 

A continuación te mostramos los remedios más crueles con los que se trataban enfermedades cotidianas y padecimientos que ahora son comunes:

 

Hemorroides

 

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Actualmente una crema o algún remedio homeopático bastan para curarlas, y a pesar de que sigue sin ser algo placentero, no se compara con soportar una barra de hierro ardiente penetrando el ano. Fue Hipócrates (460-370 a.C.) quien encontró que la hinchazón causada por la acumulación de sangre en las venas podía ser curada únicamente al cauterizarlas: quemarlas completamente después de cortarlas con grandes instrumentos de metal, o bien, tratarlas con una mezcla de agua hirviendo, óxido de plomo, aceite, grasa de ganso y taray triturado (una planta medicinal). Hoy, el remedio más drástico es una operación con láser.

 

Cálculos en la vejiga

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Al contrario de lo que muchos piensan, esta no es una enfermedad reciente o moderna, el primer caso conocido es el de una momia egipcia del año 2, 500 a.C.
En la Edad Media, una epidemia vio nacer a los litotomistas, personas poco formadas que deambulaban por las calles ofreciendo sus servicios para sanar a la gente, contaban con “quirófanos” de madera portátiles listos para cumplir su objetivo. Para tratar los cálculos en la vejiga, uno de los “médicos” introducía un dedo por el ano para detectar la ubicación del cálculo, después hacía una incisión arriba de éste y buscaba extraerlo con la mano, pero si era particularmente difícil eliminarlo, usaban un gancho que ejercía como palanca para extraerlo. Muchos pacientes murieron desangrados.

 

La cura del reposo

 

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En 1800 las mujeres querían votar y exigían derechos que antes eran impensables, incluso, había ocasiones en las que se rehusaban a comer para mostrar su inconformidad. Afortunadamente, el neurólogo Silas Weir Mitchell (1829-1914) creó la cura perfecta: durante dos meses las mujeres eran privadas de cualquier movimiento que estimulara sus enfermas mentes, y bajo el supuesto de que mientras más gordas menos enfermedades mentales padecerían, eran alimentadas únicamente con grasas y lácteos. Personajes como Virginia Woolf y Charlotte Perkins Gilman fueron víctimas de dicha “terapia” que en ocasiones, involucraba electroshocks.

 

Hemiglosectomia

 

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La cura más antigua para aquellos con problemas al hablar. Sí algún tartamudo en los siglos XVIII y XIX decidía curar su mal, debía partir su lengua a la mitad por medio de la extracción de una importante porción de la lengua. La técnica que involucraba bruscos movimientos y herramientas, fue instituida por Johann Friedrich Dieffenbach, pionero alemán en dicha deficiencia del habla. A pesar de los múltiples pacientes que morían al desangrarse, tanto la técnica como el cirujano, eran buscados por cientos de personas en Europa, principalmente en Alemania y Francia.

 

Inseminación artificial 

 

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Este método se llevó a cabo por primera vez en 1884, sin consentimiento de la mujer de 41 años y utilizando una muestra seminal de un estudiante de medicina. La imposibilidad de tener hijos con su pareja y los deseos del Dr. William Pancoast por complacer a su esposa, lo llevaron a desmayar a la mujer con cloroformo e inseminarla con el esperma del estudiante de medicina más atractivo que encontró, a través de una jeringa con semen. Ella dio a luz a un bebé sano y nunca se enteró de lo sucedido. El método se conoce gracias a una carta escrita por un estudiante que fue testigo del procedimiento cuando se llevó a cabo.

 

Diagnóstico por medio de la orina, después de beberla

 

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En la antigüedad, los médicos debían arreglárselas con lo que tenían: su instinto y sus conocimientos, hoy considerados como escasos y erróneos. ¿Dulce, salada o ácida? Esto era lo que doctores como Thomas Willis, en 1674, examinaban exhaustivamente para determinar el padecimiento del enfermo. Se creía que la orina era una ventana hacia interior del lugar más sagrado: nuestro cuerpo.

 

Suena aterrador, sin embargo, es de apreciarse el conocimiento que tenían para la época si consideramos el contexto histórico de dichos procedimientos; es cierto que muchos fueron curados por medio de estas prácticas, que sentaron las bases para la medicina que conocemos.

 

(culturacolectiva.com)