Diosdado Cabello dijo «el que no vota no come» y se armó el gran escándalo mundial respecto a un país al que -para obligarlo a cambiar su gobierno-Estados Unidos, Europa, varios vecinos latinoamericanos y la oposición de derecha han tratado de doblegar por hambre.

Entonces, surge la pregunta: ¿quién ha utilizado la comida como arma electoral: el gobierno que supuestamente amenaza con quitarle los alimentos al que no haya concurrido a los centros electorales o la oposición que lleva años tratando de que los venezolanos no tengamos nada que echarnos al estómago?

La controversia que se montó (en el sentido más ramplón del término) en los últimos días de la campaña y que la animosa señora Bachelet ha avivado después de las elecciones parlamentarias es una muestra de cuán descarada puede ser una estrategia global contra un país cuando se quiere cambiar a la fuerza su gobierno y su modelo político.

Una frase de Cabello bastó para crear la matriz de opinión según la cual si usted no votó el domingo, no le tocará más su bolsa de CLAP ni alguno de los bonos que el gobierno reparte desde hace años.

La interpretación de la frase “el que no vota no come” fue asumida por la maquinaria mediática global como un chantaje de Cabello, lo cual no es raro, pues se trata de una maquinaria enfermizamente antirrevolucionaria que buscaba agarrarse de algo, así fuera de un clavo ardiendo. Y luego se asió de ese mismo clavo nada menos que la Alta Comisionada de los Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas, una dama que, en cambio, es extremadamente cuidadosa (ciega y sorda, dicen sus adversarios) acerca de hechos muchísimo más graves que una frase de campaña, en numerosos rincones del mundo, que también deberían estar bajo su mirada escrutadora.

Cuando se asume que el gobierno utiliza la comida como arma electoral, se borra -por arte de magia política y mediática- el hecho irrefutable de que la coalición nacional e internacional que ha intentado desde hace ya siete años derrocar al presidente Nicolás Maduro ha utilizado precisamente los alimentos y otros artículos de primera necesidad como su principal instrumento de lucha, si es que se puede llamar “lucha” a la canallada de sitiar a un pueblo y tratar de forzarlo, por hambre, a que acepte el presidente que le quieren imponer.

Revisemos un poco la historia reciente, que a veces parece lejana y comprobaremos que si algún sector ha empleado el hambre como argumento de combate político ha sido la oposición.

A comienzos del gobierno de Hugo Chávez, cuando fue lanzado el Plan Bolívar 2000, la oposición lo combatió en todos los terrenos. Uno de ellos fue una insidiosa campaña contra los mercados populares organizados por los militares, en la que se decía que se estaba menoscabando la dignidad de los oficiales de la Fuerza Armada por haberlos puesto a “vender papas”. Ese argumento, por banal que parezca, fue usado para soliviantar los cuarteles.

En 2002 hubo dos paros petroleros y empresariales. El primero fue el que rápidamente desembocó en el golpe de Estado y el muy breve gobierno de Pedro Carmona Estanga, a la sazón, presidente de Fedecámaras. El segundo fue en diciembre y pretendió derrocar al comandante Chávez por segunda vez. Ambos tenían entre sus objetivos causar descontento en la población mediante el desabastecimiento de gasolina y de todo tipo de mercancías (hasta el beisbol profesional lo suspendieron) especialmente la comida que, como todo el mundo sabe, tiene significado especial en Navidad y Año Nuevo.

Pero si esos antecedentes parecen demasiado remotos, acerquémonos al presente y observemos que a partir de 2013 se desató la etapa más cruenta de la guerra económica. Y cualquier persona que haya estado por estos lados en esos años tendrá fresco en la memoria que los bombazos de esa guerra iban directo al estómago de la gente. Fueron esos los tiempos de las larguísimas colas para comprar pan y de la escasez de prácticamente todo comestible, además de medicinas, productos de higiene personal, repuestos y demás rubros clave. Esta fue la época en la que la oposición se solazó con las denuncias de que cada vez había más gente escarbando en la basura para buscar algo de comer. Esa campaña y la que prometía acabar con las colas, fueron fundamentales en la victoria electoral de la MUD en las parlamentarias de 2015.

Sigamos. A partir de ese año, 2015, la guerra económica se redobló con las medidas coercitivas unilaterales de Estados Unidos, sustentadas en el decreto de Barack Obama que calificó a Venezuela como una amenaza inusual y extraordinaria para la superpotencia bélica norteamericana. Se acentuaron las restricciones comerciales y se allanó el camino para que luego el gobierno de Donald Trump desplegara todos sus recursos a asfixiar la economía venezolana, incluyendo el robo de empresas y activos, el bloqueo de las cuentas y transacciones bancarias, la piratería en alta mar y las amenazas de castigo a empresas de otros países que negocien con Venezuela. Todo ello ha significado hambre y desnutrición para millones de venezolanos. 

Voceros de muy alto nivel de EEUU han admitido, con absoluto desparpajo, que todas esas medidas tienen la finalidad de causar el mayor sufrimiento posible a la población, con la finalidad de que se rebele contra el gobierno y legitime a un presidente designado por Washington. La ecuación que se propone es clara: si se alzan contra el gobierno y aceptan al presidente que nosotros decimos que es, volverán a tener una alimentación decente. ¿No es eso un chantaje político con la comida?

La guerra económica interna (basada en el ataque al bolívar, la hiperinflación inducida y la especulación sin límites) sumada a las agresiones externas han causado graves problemas de nutrición a un país que, en los primeros doce años de Revolución, había logrado mejorar los índices alimentarios. El daño causado es, sin atenuantes, criminal.

Contra los CLAP

¿Hace falta más argumentos para demostrar que son la derecha golpista y sus jefes imperiales quienes han utilizado el hambre como arma política? Bueno, acá van.

Para tratar de frenar el deterioro acelerado en la alimentación de las mayorías, el gobierno de Nicolás Maduro creó el programa social Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP), que ha logrado parcialmente ese objetivo, a pesar de fallas y, sobre todo, de corruptelas de los responsables en diversos niveles. 

Si la situación nutricional de densos sectores del pueblo es hoy muy delicada, habría que preguntarse lo mucho más grave que sería de no haberse establecido el modelo CLAP.  Solo los disociados más agudos, los que niegan cualquier mérito al gobierno pueden  hacerlo en este punto.

¿Y qué han hecho la oposición interna y global ante los CLAP? Muy simple: tratar, por todos los medios posibles de sabotearlos, boicotearlos, destruirlos. Entonces, reflexionemos: si una autoridad está tratando de llevarle alimentos a una población urgida de ellos y un grupo procura impedirle que lo haga, ¿quién está usando la comida como arma?

El esfuerzo por destruir los CLAP ha sido de envergadura global. EEUU, Europa y los gobiernos lacayos latinoamericanos han bloqueado todos los canales de compra de productos, incluyendo confiscaciones ilegales por motivos supuestamente sanitarios, como la que protagonizó el premio Nobel de la Paz, Juan Manuel Santos en uno de sus últimos actos de gobierno.

La persecución ha pisoteado las normas sacrosantas del capitalismo que estos gobiernos supuestamente defienden. A los empresarios privados que han vendido mercancías para el CLAP los han sancionado y hasta criminalizando y judicializado. Otros, amedrentados por esas acciones, se han puesto al margen. El objetivo final: que no le llegue comida a la gente.

En el afán anti-CLAP han asumido protagonismo medios de la llamada «prensa libre», pagada por la USAID (cara lavada de la CIA), algunos de los cuales han consagrado todos sus esfuerzos a lograr que el programa fracase. ¿Lo hacen porque aman la transparencia administrativa? Yo (es una opinión personal) no lo creo. Si así fuera se ocuparían con igual pasión de casos mucho más graves, como el robo de Citgo y Monómeros. Lo hacen porque quieren hundir al CLAP, a sabiendas de que así se agudizará el sufrimiento de la gente, que entonces sí estallará y derrocará al gobierno.

Entonces, luego de esta simple revisión, ¿quiénes hacen política con la comida del pueblo? Usted dirá.

(Clodovaldo Hernández / LaIguana.TV)

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