En algunas novelas, películas y series distópicas se plantea la hipótesis de que el mundo, luego de grandes avances en diversos campos del desarrollo humano, involucionará hacia sus peores épocas de despotismo, esclavitud y segregación. Viendo lo que ocurre en la actualidad es difícil no darle crédito a tal conjetura.

De hecho, ya la humanidad está involucionando aceleradamente, por ejemplo, en materia de derechos del trabajo. La organización sindical, la gran -y única- barrera de contención de las masas explotadas frente al capitalismo desbocado de la Revolución Industrial, ha sido destruida. 

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Apenas sobreviven algunas expresiones (como los metalúrgicos españoles en días pasados), que son tratadas como deplorables anacronismos por el sistema hegemónico y reprimidas a lo bestia por su aparato de seguridad de Estado, con el manto de impunidad de un aparato  mediático alcahuete y satanizador.

La destrucción de la organización sindical ha abierto el camino a la reesclavización de la mano de obra. En algunos casos se trata de algo literal: hay esclavitud, tanto adulta como infantil, en varias regiones del planeta. En otros casos, es una esclavitud 2.0, con nomenclatura de alta tecnología: se le llama emprendedurismo o uberización, pero a fin de cuentas significa que quien vende su fuerza de trabajo está solo y a merced del «mercado», que es lo mismo que de la gran maquinaria capitalista, con el agravante de que ya no hay, en muchos casos, ni siquiera un patrono al cual plantarle cara, aunque en la punta de la pirámide sí hay un dueño haciéndose cada vez más rico.

Otra área de retrogradación histórica es la de los derechos humanos. Las élites globales todopoderosas han tomado el control de este campo, a través de sus organismos internacionales, las organizaciones no gubernamentales y los medios de comunicación, imponiendo un discurso absolutamente descarado que va en dirección opuesta a la realidad del momento.

El dominio de las corrientes mediáticas planetarias hace posible vergüenzas como que la cabeza (o la subcabeza) del gobierno de un país que año tras año bate sus propias marcas de asesinatos de defensores de derechos humanos, Colombia, se plante en una tal cumbre de la democracia (con minúsculas adrede) a dar un discurso de reconocimiento a la labor de los líderes sociales de su nación. En un mundo que no estuviera en retroceso histórico, tal desfachatez no sería posible.

Unos días antes, en ese mismo país de las masacres, las fosas comunes, los falsos positivos, los manifestantes desaparecidos, donde las leyes nacionales son inaplicables a los soldados estadounidenses (incluso si violan niñas), se escenificó (en el sentido teatral del término) un Congreso Mundial de Abogados para deliberar sobre la justicia y la primacía de la ley.

En ese infame tinglado, el rey de España calificó al país antes descrito como un ejemplo para el mundo. Claro, habla en nombre de una institución muy apropiada para el retorno al pasado histórico: la monarquía. Por cierto, si la humanidad no estuviese en retrogradación, alguien en ese congreso de juristas le hubiese planteado al rey que, por favor, su majestad, dígale a su papá, el emérito, que se ponga a derecho.

¿Más señales de que vamos en franco retroceso? Uno de los invitados a ese congreso sobre las leyes fue Leopoldo López, un señor con un prontuario criminal de asombro, que incluye violencia callejera criminal, fuga, intento de golpe de Estado y robo de dinero público mediante concierto con gobiernos extranjeros. 

Luego de participar en ese evento, López se fue a Chile, a apuntalar la candidatura del troglodita ultraderechista José Antonio Kast y a recibir loas del pinochetismo. Bueno,también recibió un merecido huevazo, demostrativo de que no toda la humanidad está en involución.

Y así llegamos a otro punto culminante de este síndrome de la vuelta al oscurantismo. El Día Internacional de los Derechos Humanos, la justicia del Reino Unido acordó extraditar a Estados Unidos a Julián Assange, el preso de conciencia más prominente del momento, un hombre al que la pandilla gobernante del EE.UU. (tanto el Estado formal como el Estado Profundo) y sus socios y lacayos europeos y latinoamericanos, quieren ver muerto o encerrado y silenciado para siempre y están en la vía de conseguirlo.

El delito de Assange fue difundir crímenes de guerra y otras barbaridades cometidas por esas élites. Su proceso es una venganza contra él y un claro mensaje a todo aquel que maneje información comprometedora para los poderosos del capitalismo hegemónico. Este «juicio» implica un retroceso de varias décadas, tal vez de más de un siglo en materia de derecho a la información veraz y oportuna. Tal acción que se torna aún más infame e hipócrita si se considera que la ejecutan los mismos gobiernos que pretenden ser adalides de la libertad de expresión y jueces de otras naciones al respecto.

La extradición de Assange se decidió de manera simultánea a la cumbre de la democracia (en minúsculas a propósito) un encuentro de Joe Biden con aquellos gobernantes que EEUU considera democráticos, entre quienes estaba el autoproclamado Juan Guaidó, designado presidente encargado de Venezuela por el democrático dedo del anterior emperador, Donald Trump. También había decenas de líderes cuyo carácter democrático y respeto por los derechos humanos es más que cuestionable, entre ellos los de Israel y Polonia.

La coincidencia de la medida contra el periodista con dicha cumbre y con el Día de los Derechos Humanos no debe haber sido producto de la casualidad, sino el deliberado gesto de un sistema que se quitó la máscara, que está en retrogradación histórica y quiere que todo el mundo lo sepa.

Reflexión dominguera

Hay dos conceptos que le han rendido excepcionales frutos a la derecha para hacer frente a los movimientos populares y a los gobiernos progresistas e, incluso, a los que apenas son tibios reformistas: el primero es la sociedad  civil y el segundo es la comunidad internacional.

Lo de la sociedad civil es un truco muy ingenioso para que la opinión de las élites valga más que la de las mayorías. Lo de la comunidad internacional es un truco perverso para que la opinión de Estados Unidos, sus aliados y lacayos sea tomada como la opinión mundial.

En Venezuela y no por casualidad, tomó intensidad el uso del término sociedad civil cuando los grandes partidos cuartorrepublicanos perdieron el control del grueso del electorado. Convencidos de que pasaría mucho tiempo antes de armar una plataforma y un liderazgo capaz de aglutinar más votos que el chavismo, optaron por “posicionar” este ente, que supuestamente encarnaba la opinión de “la gente decente y pensante del país” (copyright de Carola Chávez) y que por ello, por la decencia y la inteligencia,valdría más que la del populacho, al que se presume indecente y no pensante.

En esa época acuñé una expresión irónica (aunque luego me la plagiaron… no importa): sociedad sambil, con la que pretendí dibujar a esa gente decente y pensante que era más bien sifrina y adoctrinada por el consumismo y el pitiyanquismo. A estas alturas ese sintagmaya no tiene la misma potencia porque los sambiles pasaron de moda, entre otras razones porque dejaron de ser exclusivos de la clase media aspiracional. “La chusma también se los apropió”, para decirlo como quien forma parte de la sociedad civil.

El otro concepto comodín de la derecha es el de la comunidad internacional, artilugio para hacer ver (aparato mediático mediante) que el mundo entero apoya o rechaza algo.

Obviamente no es una noción matemática, porque si lo fuera sería evidente que “la comunidad internacional” rechaza (casi por unanimidad) el bloqueo a Cuba y condena las agresiones sionistas de Israel contra Palestina.

Si de números se tratase, jamás habría podido imponerse la matriz de que Juan Guaidó era presidente encargado de Venezuela con el respaldo de “la comunidad internacional”, pues en el mejor momento llegó a tener a lo sumo el respaldo de 60 países, de un total de 193. Sin embargo, en los discursos de EE.UU., la Unión Europea, el infeliz  Grupo de Lima y la mediática global, “la comunidad internacional” estaba con el autoproclamado y ello era razón más que suficiente para que Maduro renunciara y para legitimar toda clase de privaciones y torturas contra la población en general.

Esta semana, esa espuria comunidad internacional se puso todavía más chiquita.  Solo 16 de 193 estados miembros de la Organización de Naciones Unidas intentaron desconocer al gobierno legítimo, constitucional y en ejercicio de Venezuela, manteniendo la ficción del interinato. Pero la derecha seguirá diciendo que “la comunidad internacional” está contra la dictadura de Maduro.

Qué concepto tan útil.

(Clodovaldo Hernández / Laiguana.tv)

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