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Conozca de qué trata la "felicidad sustentable" y lo ridículo de medir éxito por abundancia material
jueves, 21 de enero 2016
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A la manera de un cargado espresso visual, este video nos introduce a los engaños del crecimiento económico, la bandera sobre la cual navegan la economía y la política mundial (cuya función fundamental en nuestra época es servir a la economía, abrirle espacio para que pueda seguir creciendo sin obstáculos). La economista Kate Raworth hace una serie de comparaciones que claramente demuestran que la riqueza humana no es lo mismo que el crecimiento económico y que de hecho en muchos casos son fuerzas opositoras.

 

Raworth explica que cuando estudió economía en la universidad era obvio que las economías debían estar orientadas al crecimiento como fin y objetivo tan evidente que era incluso tácito. Esto ha rendido usufructo y desde 1970 se ha cuadruplicado el crecimiento económico y las predicciones dicen que se volverá a cuadriplicar en 2050 (si es que existe un planeta que aguante este ritmo). La teoría económica en este sentido ha sido un éxito, cada vez tenemos más dinero y más artículos de consumo. Pero, como advierte la economista británica, a la par que la economía crece, crecen también tres incómodas sombras: la privación, la degradación y la desigualdad, como consecuencias de seguir engordando a la máquina de monedas que no descansa nunca (el planeta como un slot machine). 

 

Actualmente 2/3 partes de la población vive en países más desiguales de lo que estaban en 1980. Por ejemplo, en 2010 en Estados Unidos 10% de la población tenía 93% de la economía total, esto es 90% de los habitantes viviendo sólo con 7% del pastel. Lo anterior no es ciertamente ignorado por los gobernantes de las grandes economías mundiales, pero difícilmente tiene una reacción mayor a la retórica cosmética que permite que el estado de las cosas permanezca mayormente igual, o sea, sumamente desigual. Raworth compara los planes económicos de los mandatarios, su uso de términos que a fin de cuentas no tienen sustancia, como “crecimiento sustentable”, con los adjetivos que se suelen utilizar en un deli de Nueva York para promover su productos.

 

Al final queda claro que la verdadera riqueza no puede medirse por el crecimiento económico, más allá de que en un mundo eminentemente materialista tener mayores ingresos en ocasiones (ciertamente no siempre) se traduce en mayor bienestar. Se deben considerar factores culturales, sociales, humanitarios e incluso espirituales (aunque esto último tiene un cierto tabú en el modelo secular actual donde todo mérito debe traducirse en beneficio económico, en ganancia personal cuantificable). Justamente en aquello que no puede cuantificarse, ahí yace la verdadera riqueza de la experiencia humana en el mundo, lo cual coloca en un pobre estado de inicio a la cuantiosa economía, ama y señora del orbe, que por definición no puede trascender al reino de lo cualitativo.  

 

Economía y ecología son dos palabras cuyo significado literal no es del todo distinto y, sin embargo, en la práctica la economía se ha vuelto casi el antípoda de la ecología, aplastándola sin piedad para seguir creciendo a sus anchas. Sin embargo, esta filosofía del crecimiento infinito tiene un aspecto tóxico inexorable, tarde o temprano: cuando las cosas crecen demasiado se vuelven tumores. Seguir alimentando la economía, como si fuera una supraentidad con sus propios caprichos y seguir alimentando el espíritu corporativo, como si fuera lo único que tuviera espíritu en un planeta saqueado incluso también de su significado espiritual, tiene la inevitable consecuencia de agotar los recursos materiales finalmente, habiendo en el proceso agotado los recursos éticos y estéticos que enriquecen la experiencia de los individuos y la sociedad en el proceso. Es imposible crear una “felicidad sustentable” cuando la política y la mentalidad de las personas tiene como fin principal crecer económicamente. Se trata ya de una confusión de valores que se ha enraizado en el tejido psicosocial: creemos que valor y dinero son sinónimos y que todo lo valioso debe ser igualmente sustancioso en términos económicos. Vivir para el dinero –creyendo en la promesa de la felicidad al obtenerlo– es la gran ilusión de nuestros días, una especie de herejía en contra del alma humana, de una vida con significado.

 

(pijamasurf.com)