¿Cuál es el colmo de alguien que desempeña un cargo ficticio? Que lo boten de verdad. 

Esto acaba de ocurrirle nada menos que al dizque-embajador de Venezuela (a secas, no de la República Bolivariana) ante la Organización de Estados Americanos (OEA), el excelentísimo e ilustrísimo doctor Gustavo Tarre Briceño.  

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El veterano dirigente socialcristiano llevaba tres años dándose vida de alto diplomático allá en el Departamento de Colonias, en Washington, con su amiguete, el lúbrico Luis Almagro, pero cuando estaban en los preparativos de la gran reunión de la OEA en Lima, le dijeron que no se vistiera porque no iba. O tal vez sí se vistió y quedó alborotado, como la novia del chiste (no la de Almagro, sino la clásica novia de pueblo). 

Para suerte de Tarre Briceño, el bando al que pertenece tiene muchos aliados en la maquinaria mediática, así que suavizaron el relato. Dijeron que él “se abstuvo de presentarse” en la capital peruana a sabiendas de que los izquierdistas que ahora están envalentonados y agavillados en el patio trasero gringo se disponían a hacerle bullying. 

Más allá de este ridículo amortiguado, el caso Tarre es emblemático de una de las varias generaciones perdidas de la política venezolana, cohortes de dirigentes que fueron tragadas enteras por varios huecos negros de la historia en las décadas finales del siglo pasado y en las primeras de este. Para llamarlo de alguna manera, digamos que este es el Síndrome de Tarre.  

Camadas y más camadas de políticos de los partidos dominantes, Acción Democrática y Copei, y de las organizaciones de izquierda, se pasmaron o se extraviaron en el camino y ahora algunos sobrevivientes andan por ahí desempeñando cargos simulados o usurpados, los únicos que han logrado tener en casi el último cuarto de siglo. 

La generación de Tarre en Copei, despuntó por allá a finales de los años 70 y, sobre todo, en los 80. Fueron brillantes congresistas, bajo las premisas de brillo que se manejaban en aquellos Parlamentos, pero su desarrollo se cortó porque el gran patriarca del partido, Rafael Caldera, era un líder saturnino al que le gustaba almorzarse a sus propios hijos. Y, en muchos sentidos, lo logró aprovechando que era un estratega mucho más hábil que todos los vástagos juntos.  

Caldera hizo su última gran jugada política en 1992, al salirse del cuadro de las solidaridades bipartidistas que él mismo había ayudado a diseñar. Sus herederos se quedaron en offside y él consiguió lo que tanto había ambicionado: ser presidente de nuevo, aunque haya sido en el ocaso de su vida. 

Mientras Caldera gobernaba con sus también viejos amigos y con izquierdistas que “cambiaron de opinión”, como Teodoro Petkoff, los cuadros prometedores tipo Tarre seguían esperando turno, jugando banco. Cuando, por fin, pareció ser el tiempo de aquellos dirigentes ya maduros, a finales de los 90, llegó el comandante y mandó a parar. 

[La misma historia ocurrió en AD, con la generación de Henry Ramos Allup y compañía; y en el vasto espectro de la izquierda, desde el mismo Petkoff hasta el incalificable Pablo Medina, pasando por Andrés Velásquez, siempre candidato a cualquier cosa, aunque este último, al menos, fue gobernador. Pero por hoy, concentrémonos en los copeyanos]. 

En fin, que azotados primero por el exceso de protagonismo de sus mayores y luego por la irrupción huracanada de Hugo Chávez, varias hornadas de líderes de Copei (y AD y la izquierda) perdieron el tren de la historia, para decirlo con pretendida estética literaria. Y así hemos presenciado el espectáculo vergonzoso-ajeno de unos señores hechos y derechos (algunos casi ya deshechos… o desechos) tratando de ejercer alguna función digna de su jerarquía, aunque sea en el mundo de las imposturas, los gobiernos paralelos y las transiciones impuestas por emperadores alocados. 

Haciendo ya trabajo de arqueología política podríamos presentar el primero de estos casos: el de una lumbrera llamada José Rodríguez Iturbe, eminencia gris del Opus Dei que presidió la procaz Cámara de Diputados con tal estilo aristocrático europeo que fue caracterizado como “Lord Pepe”. Toda la clase política de ese tiempo lo consideraba un tribuno sobrado de lote, demasiado intelectual para ese Congreso lleno de vivarachos e ignaros. Pues bien, a la hora de la verdad, aquel prohombre de la democracia, aquel apóstol de la institucionalidad, perdió los papeles y terminó siendo canciller por día y medio del gobiernillo del golpista Pedro Carmona Estanga

La oportunidad de volver a tener cargos de esa misma calaña (impuestos desde Washington) tardó en llegar 17 años, que no son poca cosa cuando uno ya está del quinto piso para arriba, y allí aparecieron de nuevo estos personajes cuyas carreras políticas han quedado frustradas por factores endógenos y exógenos. Humberto Calderón Berti, que no estaba tan desesperado porque fue ministro, presidente de PDVSA, canciller y hasta se disfrazaba de jeque saudita, salió no obstante del estado de hibernación para ser embajador entrecomillado en Colombia. 

[Luego sería el primer denunciante desde adentro de la rebatiña de Monómeros, prueba inequívoca de que estos gobiernos serán ficticios y “narniosos” políticamente hablando, pero en materia de corrupción son peores que los gobiernos reales. Sin embargo, ese es un tema aparte]. 

Y fue en 2019 cuando también apareció de nuevo en escena el exdiputado Tarre, designado por un presidente autopoclamado (¡qué democrático!) como embajador en la OEA, es decir, en una de las guaridas de la conspiración internacional desatada con el propósito de que el gobierno falso se transformara en verdadero, sin necesidad de votos. 

Recuerdo las expresiones entusiastas de algunos admiradores de las generaciones perdidas. Decían que ahora sí se iba a acabar el pan de piquito, que con un cuartobate como Tarre en la OEA, era cuestión de días que la dictadura se cayera a pedazos. 

El mismo “diplomático” reconocería meses más tarde que –como lo han hecho desde 1998, comentario mío- habían subestimado al enemigo y se habían sobrestimado a sí mismos. Y dio a entender que el plan dependía de resultados rápidos por lo que su no calculada dilatación en el tiempo lo había hecho fracasar. 

La función de Tarre en la OEA fue desdibujándose en la medida en que los mandatarios del Grupo de Lima perdieron sus empleos y el íncubo Almagro degeneró en caricatura de sí mismo. En realidad, ya mucha gente ni siquiera se acordaba del tal embajador, entre otras poderosas razones porque la República Bolivariana de Venezuela había renunciado al Ministerio de Colonias en 2017. Ahora, a raíz de la Asamblea General reunida en Lima, volvió a ser mentado, esta vez en calidad de supuesta víctima de la ola progresista y de las “malvadeces” del Foro de Sao Paulo, según los analistas mayameros. 

Al pseudoembajador lo iban a revocar con el voto nada menos que de 19 países contra apenas 4 que pugnaban porque se mantuviera, lo cual, según la opinión del opositor moderado Enrique Ochoa Antich, es una contundente derrota para el intervencionismo. Por esa razón, el exmasista le recomendó a Tarre que “renuncie a ese puesto ficticio”. Sí, parece surrealista, pero no, es que así es nuestra realidad. 

Ahora bien, y al margen del drama de estas pléyades de políticos de trayectorias truncas, lo cierto es que desde esas funciones ilegítimas han cometido actos que implican responsabilidades administrativas, civiles y penales verdaderas, entre ellas el robo de activos de la República, y el intento de cohonestar y blanquear acciones violentas, no solo en el país, sino también en otros del continente, como el golpe de Estado de Bolivia. 

Con sus pésimos desempeños en esos cargos chimbos, estas figuras señeras de la vieja democracia representativa (como Rodríguez Iturbe y Tarre Briceño, pero son muchos más) parecen haberle dado la razón a la historia que los había mantenido como eternos segundones. Si no fueron capaces de plantarle cara como generación de relevo del saturnino Caldera ni de dar respuesta a la Revolución de Chávez, ¿por qué habría que esperar algo distinto a un mediocre papel de reparto en una película malísima, como esta del interinato? 

[Este artículo referido a unos políticos del pasado lo escribí como un modesto tributo a un gran amigo que partió esta semana, el periodista Ernesto Vegas, quien cubrió el acontecer parlamentario de la IV y de la V República. Mi compadre bautizó con ingeniosos apodos a casi todo el que pasó por esos hemiciclos y creó la categoría de los galápagos, esos diputados (y senadores, cuando había dos Cámaras) que siempre estaban buscando la manera de figurar en los medios, de ser entrevistado por los reporteros.  

Así que cierro esta reflexión sobre el señor Tarre y otros de su pelaje con una frase lapidaria que solía usar Ernesto (“el Piazo” para propios y extraños) cuando desahuciaba a algún político que estaba destinado al fracaso, por más títulos universitarios y cargos partidistas que tuviera y por más poses solemnes que acostumbrara adoptar: “Galápago es galápago”]. 

(Clodovaldo Hernández / LaIguana.TV) 

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